jueves, mayo 06, 2010

Números enemigos



   Un día, muy temprano a la mañana, estaba cursando la materia de matemáticas del CBC de la Universidad de Buenos Aires. La clase empezó con un diagnostico para medir el nivel que traía cada uno del secundario, el mío era bajo, hacía más de dos años que no tocaba un libro y trabajar con números tampoco era de mi agrado.
   El pizarrón se empezó a llenar de fracciones, corchetes, paréntesis, y todo eso que el arte de los números nos regala. Intente resolver los que me parecían más fáciles, pero no había caso, tampoco había traído a mí fiel amiga: la calculadora. Mí único armamento en esta guerra, que para mí, ya estaba perdida desde el vamos. Desde chico siempre padecí los avatares de esta materia, temblaba cuando una profesora me hacía pasar a explicar la resolución de un ejercicio, y ante el primer error, solían decir déjenlo que lo resuelva solo, no lo ayuden. Yo, parado mirando la tiza, el borrador, el pizarrón, a mis compañeros, pensando que estoy haciendo acá, porque tanto sufrimiento. Finalmente Cuando terminé la secundaria me prometí a mí mismo no tener nunca más algún tipo de contacto con los benditos números. Luego de dos años de tranquilidad, ellos, testarudos, volvieron a tocar mí puerta, y yo como buen ciudadano les abrí, para ver quien era, sólo para eso. La cuestión es que ese día nos reencontramos, mucha indiferencia, por lo menos de mí parte, es decir, no hubo abrazo, ni preguntas, fue como una miradita y nada más. 
   Después de tres largas horas, la clase estaba llegando a su fin. El profesor explicó un último ejercicio y dijo algo que quedó zumbando en mí cabeza: “Lo más importante es saber a donde se quiere llegar”, y creo que tenía razón…