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Mostrando entradas de junio, 2010

Tiempo

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En un barrio porteño se había levantado una gran incógnita entre los vecinos, habían pasado años y nadie tenía una respuesta certera, precisa, que se ubique lejos de los mitos o el chusmerío barato. Todos tenían su hipótesis ad-hoc, cada uno le iba agregando más componentes de ciencia ficción, entrelazaban historias, hacían aparecer nuevos personajes, armaban un mundo paralelo. Los diálogos tenían siempre estas frases; "me parece que se le murió la mujer", "no, este hombre no es casado", "a mí me dijeron que es alcohólico, vieron la nariz colorada que tiene", "es un degenerado, si le vieran los ojos que pone cuando paso", podríamos situar tranquilamente este hermoso diálogo en una peluquería de mujeres, solo para darle un espacio físico. A Juan, su papá lo pasaba a buscar todos los días al colegio, él ya estaba en primer grado. Su padre siempre le preguntaba lo mismo: ¿Cómo te fue?, ¿Te portaste bien?, ¿Tenés tarea para hacer?, a esto Juan respo…

Con las lágrimas basta

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Hacía mucho que no volvía, ojo cuando digo mucho son dos meses, pero para mí eso es bastante. Llega un momento que no aguantas más, que necesitas volver, cambiar el paredón por la luz, respirar aire limpio. Siempre digo que la gran ciudad te corta las piernas; tenes que estar atento cuando estas parado en un semáforo, cuando cruzas la calle, nada te garantiza que un auto no te pase por arriba. Caminar se torna insoportable, las veredas son un hormiguero, esquivas a uno después a otro y no termina nunca. Pese a todo te acostumbras, a la fuerza pero te acostumbras. Retomando, yo me volvía, ya había reservado mi pasaje, en esa empresa en la que el colectivo para en todos lados, hasta para ver si creció el pasto al costado de la ruta. Salí de la facultad, busqué el bolso, que ya tenía preparado en mi casa, y fui para la terminal. Llegué con bastante tiempo a favor, entonces me dispuse a esperar en las plataformas que me indicaba el boleto. Fue un segundo, yo estaba mirando, no sé si la ho…

Buenos modales

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Venía cansado, enojado, o algo parecido. Camine un par de cuadras, mirando el suelo, y finalmente llegué a la parada del 95. Espere, espere, y mi preciado colectivo no aparecia. A lo lejos, lo veo, llega; manito levantada y con cara de pocos amigos me subo. Miro al colectivero y le indico:
-Uno con diez -¿Adonde vas pibe?-con ese tono de colectivero desconfiado-
-Las Heras y Puerredon-
   Agarré el boleto de manera triunfante y busqué un asiento libre; cuando viajo sentado todo cambia, no quiero que el viaje termine nunca, disfruto, viajo por viajar y no por llegar. Ahora cuando vas parado y con cincuenta personas todas apretaditas, el viajo por viajar desaparece enseguida. La cuestión es que conseguí un lugar. Al lado mío había una señora, creo yo, de aproximadamente 65 años, bastante excedida de peso, de cara redonda y nariz rojiza. Llevaba en su cabeza un gorro de lana muy llamativo. Nose en que venía pensando, me soné los dedos, la mujer me miró y me dijo: -No se chasquéan los dedos.…