miércoles, junio 30, 2010

Tiempo



En un barrio porteño se había levantado una gran incógnita entre los vecinos, habían pasado años y nadie tenía una respuesta certera, precisa, que se ubique lejos de los mitos o el chusmerío barato. Todos tenían su hipótesis ad-hoc, cada uno le iba agregando más componentes de ciencia ficción, entrelazaban historias, hacían aparecer nuevos personajes, armaban un mundo paralelo. Los diálogos tenían siempre estas frases; "me parece que se le murió la mujer", "no, este hombre no es casado", "a mí me dijeron que es alcohólico, vieron la nariz colorada que tiene", "es un degenerado, si le vieran los ojos que pone cuando paso", podríamos situar tranquilamente este hermoso diálogo en una peluquería de mujeres, solo para darle un espacio físico. A Juan, su papá lo pasaba a buscar todos los días al colegio, él ya estaba en primer grado. Su padre siempre le preguntaba lo mismo: ¿Cómo te fue?, ¿Te portaste bien?, ¿Tenés tarea para hacer?, a esto Juan respondía también siempre lo mismo: Bien, bien, no. Entre pregunta y respuesta, Juan observaba la plaza por la que debían pasar para llegar a su casa. Ese anciano le llamaba la atención, siempre estaba ahí sentado, con su mirada perdida, impecable, con su boina negra. Juan ya se había enterado de los rumores que corrían en el barrio acerca de ese hombre, ya era grande, se daba cuenta como la gente lo miraba. El anciano se sentaba siempre en el mismo banco todos los días, no hablaba con nadie, parecía inmerso en otra cosa. Juan sabía que ese era el día. no se iba a presentar otra oportunidad, era el momento de sacarse todas las dudas. Su padre no lo podía pasar a buscar a la escuela, y tenía que volver solo a su casa. Llegando a la plaza, tomó valor y se cruzó en dirección al anciano. Le temblaba todo el cuerpo, tenía miedo de no poder hablar, sus manos sudaban más de la cuenta. Camino los últimos metros que lo separaban del banco, para él fueron kilómetros y kilómetros de distancia. Se acercó, el anciano levantó la mirada del suelo y lo observó. Juan lo miró temeroso y le preguntó:Señor: ¿Por qué está todos los días acá sentado?.Hubo un largo silencio, al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas, esperó unos segundos y le dijo: Me siento todos los días en este banco porque aquí veo pasar gente, y no los años...

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