viernes, marzo 25, 2011

Que linda sos, estúpida.



Ya pensaba en claudicar, como siempre, en dejar todo librado al azar. El enojo me cubre como una campera en los días de invierno crudo, doloroso, imposible de ocultar, ¿ser correcto?, no ya no puedo, y tampoco –me parece- quiero.


Las frivolidades continuas, sin respiro, sin descanso, me pegan en la cara, en los riñones, ahí en el izquierdo. Me encantaría bañarme en inconsciencia, mirar sólo para adelante, sin importar, sin más. Cuantas veces me caí y me pegué contra el cordón, y seguí con la sangre que caía de la boca. No, señora no es nada, siempre me caigo y me pegan, estoy acostumbrado. Una remera menos, o una más marcada por la bandera que levanto. Qué sé yo, como te guste mirarlo. Nunca me gustó ser parte de eso, y me siento a pensar, para qué me digo, y vuelvo caminando con la cabeza baja, silbando una canción, con las manos en los bolsillos, rompiendo el boleto del colectivo, y le toco timbre a la esperanza y no me abre, y sigo, yo sigo. Y doy la vuelta a la manzana, y no te encuentro y yo tampoco me encuentro. Pero sigo, caminando con los pies helados, masticando bronca, que dicho sea, no tiene buen sabor, pero yo estoy empecinado. La sonrisa me cuesta horrores, miro al tipito del semáforo que no cambia, y uno que fuma me pide fuego, y no hermano no tengo, no fumo, pero quisiera llenarme los pulmones de humo un rato para palear este frío. Y ya es tarde y no llego nunca, falta un montón, cruzo la avenida, en rojo, rápido, apurado por el 60 que me hace luces, y nos puteamos con el chofer, y descargamos tensiones. Y pienso, que lindo cuando no me interesaba nada, nada de nada, me reía de pavadas, y llegaba tarde al colegio. Me pelaba con un profesor, que era un estúpido importante. Mi sombra no me abandona, me sigue, convencida la pobre, me rasco la cabeza, y para donde iba, me pregunto. Disculpe, buen hombre –le digo a uno que paseaba con su perro- para dónde iba yo. Para allá, pibe. Gracias y sigo. Y me arremango la camisa, cierro los puños, dispuesto a arremeter, y no tengo técnica, pero qué más da. Y paso por un bar y están locos de contentos, saludo, envidiando sus estados. Muerdo el labio inferior, miro a la nada, la piel curtida. Y el celular de mierda que no tiene un peso, y tengo ganas de tirarlo por el buzón rojo de las cartas, que se vaya a Alaska. Están todos de fiesta, allá afuera, que ganas de pelear, de discutir, con los ojos rojos de furia, golpear la mesa y tirar todo a la mierda, levantarme, irme y que todos digan este es un loquito. Me encuentro con un amigo, de esos, de fierro, lo abrazo, lo palmeo, hay que seguir. Dejo de apretar las muelas, me rio un rato. Me acordé que tenía los bolsillos rotos, no importa perdí monedas, billetes (como de dos pesos). Así no llego a fin de mes. Y ya vuelvo un poco más animado, con un préstamo de alegría, con intereses, pero bueno mío al fin. Y me acuerdo de la chica del subte de hoy. Y pienso: Que linda sos, estúpida...

2 comentarios:

  1. De acuerdo a la canción, "tantas escaleras, y nunca aprendí a bajarme sin que me dieras el voto de confianza"... de todo se aprende, hasta de la linda estúpida del subte. Y sabés que? mi voto de confianza ya lo tenés. Besos y encantada!

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