El Centro Gallego

Es de noche y estoy en el balcón de mi casa. El ficus se recuperó, ya está mejor, tiene más color,más hojas. Era cuestión de prestarle atención. Ponerle más agua y meterlo a la noche adentro para que no lo golpee el frío. Las cosas siempre mejoran cuando prestamos atención y encontramos la delicadeza que se necesita.

Enfrente está el Centro Gallego. Un par de luces encendidas, una enfermera buscando algo en un armario,un paciente con suero, una luz que se apaga. Y así es la noche en mi barrio. 

El local que pusieron hace menos de un mes ya cerró. Me gustaría que pongan un buen bar, o algo, los espacios están para ser ocupados; ley número uno de la naturaleza.

La enfermera se acomoda el pelo y corta un pedazo de algodón. Hace más de un mes que no cobra. No, no soy amigo de la enfermera, me enteré porque ayer cortaron la calle a las siete de la mañana gritando que querían cobrar (je, si sabremos de eso. Fin de espacio publicitario). 

La enfermera desaparece pero se ve su sombra.En la otra cuadra hay una iglesia, que no sé cómo se llama, pero que, estéticamente, es linda. Tiene una escalinata y una cúpula gigante. Yo no voy a la iglesia. Eso lo tuve que hacer cuando no podía decidir nada, sin embargo, respeto y admiro a los creyentes. 

Un hombre en ojotas con una chomba jering camina por el cemento alisado verde que pusieron los municipales, fuma y espera que su perro mee y huela todo lo que quiera. La correa se estira hasta donde el amo quiere. Todo tiene un límite, dice el amo y tira el pucho al suelo.

Y la noche se va escurriendo y los taxis siguen llegando. La enfermera mira el reloj y se vuelve a acomodar el pelo. El tiempo es una invención terrible, no pasa o se pasa. Nunca en término medio. La enfermera anota en la planilla de insumos básicos: no hay más algodón.Ya se hizo de día y me pongo a regar el ficus. La enfermera mira el reloj y se le pasaron tres minutos. Se acomodó el pelo y salió por la puerta lateral del centro.Antes saludó al vigilante que estaba escuchando la radio, caminó con su delantal verde y cruzó hasta la parada del 98. 

La tierra toma el agua y la deja caer. La tierra se humedece. Pongo el ficus donde mejor le da el sol. Llegan los del sindicato, con bombos y banderas,y el credo arranca nuevamente: ¡Queremos cobrar,queremos cobrar!  

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