domingo, marzo 09, 2014

María



Me llegó un mensaje de María, yo estaba tomando una cerveza en mi casa. Siempre que María me manda algo es para ir al bar. Me levante, fui a la cocina, caminé entre las botellas, la pileta estaba llena de platos. Puse el envase y el vaso en un costado. Mi casa cada día es más chica y cuelgan las lámparas como plantas y todo siempre está sucio.  
Vamos al bar?, decía el mensaje. Lo vi y dudé, pero después, le puse sí, ahora salgo. Cerré las ventanas, busqué una remera entre la pila de ropa al costado de la cama. La olí, me la puse y salí a la calle. Fui caminando por la avenida, me subí a un taxi. Cuando llegué María todavía no estaba, entré y me senté pegado al ladrillo visto. Enseguida llegó y yo ya había pedido una cerveza. Me dio un beso en la mejilla. Yo me rascaba la nuca y  al mismo tiempo le decía que no tenía un peso. Ella buscó en su bolso y sacó un billete de cien. Ya está. Tenemos para tirar, dijo. Me preguntó por el diario y le dije que como siempre, condenado al fracaso. Enseguida me mostró cómo se había cortado el pelo al costado. Yo le dije que me encantaba y tomé un trago largo de cerveza. La música estaba baja y todavía había mucha luz.  Le dije eso al mozo y mucha bola no me dio. Ves, rapado al costado, como me dijiste que te gustaba.
 A María y a mí nos gusta lo distinto, no lo paralelo. Y cuando empezamos a pensar muy parecido nos dejamos de ver, no nos llamamos, nada. Es cómo una especie de pacto tácito. Cuando uno coincide mucho con alguien la relación se vuelve pelotuda, me dijo una vez. Es cómo estar con un evangelista. Yo me reía a carcajadas. Pusieron un tema de Charly, María cantaba como si estuviera en un recital y  golpeaba la mesa. Yo miraba a la pareja de al lado, parecían transparentes. Vamos, le digo, vamos porque…. Nos paramos, terminé el vaso y salimos a la calle. María me agarró la mano y tomamos un taxi. Fuimos a un boliche de microcentro, pasamos gratis, porque ella conocía al de la puerta.  Adentro nos dieron consumiciones, y tomamos como si fuera la última vez. Una mina se me acercó, me beso la oreja y me preguntó si tenía merca. Yo no podía abrir la boca, María la echó y me preguntó qué me había dicho. Le agarré la cintura y le di un beso en el cuello.
Salimos y afuera llovía y el agua me tranquilizo. Paramos un taxi, subimos y el tipo estaba escuchando tango, yo me puse a llorar, María me limpió las lágrimas, después me abrazó, mientras la música rebotaba en el parlante saturado.  Sus manos estaban calientes y el tipo preguntó a dónde íbamos. Me acomodé  en el asiento, miré por la ventana, María le dijo la dirección. Pasaban los carteles, los semáforos, los autos y el agua pegaba contra la ventana. Yo le tocaba la parte rapada a María, que se había apoyado en mi hombro.
Subimos a su casa y me tiré en el sillón del living. Ella hizo té de limón para los dos y  tomé un trago. Su casa olía a vainilla. Hundí la vista en la taza y pensé que en la noche la resistencia pierde un poco su poder, nos arrodilla, nos baja la guardia.

Cuando levanté la mirada, María tenía una sonrisa como si guardara un secreto en su boca.

El sol entraba por la ventana y se metió en la cama, me tocó los ojos. Miré al costado y María no estaba,  había desaparecido. Di un par de vueltas, después me levanté. Fui al baño, me lavé la cara. Caminé hasta la cocina y puse el agua para el mate. No tenía nada para hacer en el día y el cielo estaba tan azul que daba lástima. Tomé un par de mates. María había pegado en la heladera una hoja rayada que decía: “Somos principiantes en todo”. Me quedé pensando, encontré la llave, bajé, saludé al portero.  Decidí caminar hasta mi casa.

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