Campo de batalla III



-Rosario-

Estoy en un bar de Rosario. El cielo está casi anaranjado y algunos pájaros van y vienen por los cables de luz. La peatonal  se va llenando de vendedores de medias, de guitarristas truchos, de marginales, de gritos, de ofertas, de olor a pochoclo del cine de enfrente. Yo los miro como algo que se empieza a armar de a poco, en el que cada uno  tiene su lugar asignado. Pienso en que a la noche todo este campo montado se va a desarmar, como un escenario después de un recital, en donde quedan solo restos en el aire; sacan las mantas, estiran las bolsas grandes de plástico para meter la mercadería y se van con todo cargado al lomo, como si fuera un tatuaje, una cicatriz, una marca, que se lleva para siempre.

En la plaza de enfrente las palomas se agrupan y picotean el piso. Trabajadores esperan el colectivo. Un chico corre con un palo a un perro.

Bajo la mirada y vuelvo a Onetti, la vida breve. Pienso, también, en el Astillero, novela que leí en una noche. Ese galpón gigante, con los vidrios rotos, con escritorios agolpados, sin cajones, con hojas ya usadas, piezas oxidadas y el intento de seguir sabiendo que todo se viene abajo, que esa realidad no existe. Que todo está decidido por locos que solo quieren apoyar los pies arriba de la mesa para silbar y sobrevivir vendiendo partes del Astillero. Enseguida me acuerdo de mi último trabajo, el diario del que me echaron, me rio fuerte y pienso en la guita que me deben y que nunca voy a cobrar.

Pago con lo último que me queda, pago casi desgarrándome la piel, pago y no miro al mozo, pago y salgo para que el sol me ametralle de a poco parte de la frente, el pelo, mi remera blanca. Camino rápido como si fuera un empleado bancario, esquivo viejas, me meto por la galería, quiero encontrar a la chica que vende calzoncillos, en un cubículo, una especie de trinchera que hace de puente con las vidrieras, una zona neutra llena de cajas, un espacio reducido, para ella, sus cajas y su cintura pequeña. Siempre que entro en estos lugares una parte de mi se congela, como si estuviera a punto de morir. Existe un hilo que une a todos los vendedores, los hermana, les toma el cuerpo, se les instala en los ojos, ahí, en donde nadie puede poner una máscara, ahí donde el alma se presenta en soledad, un cigarrillo, un café, un mensaje de texto, parados sonriendo, vendiendo, que pase el que sigue, no hay descuentos, sí, esos están en oferta, no de esos no hay más y así hasta el otro día.

La flaquita no está. Pregunto por ella. Ya no trabaja más. Dejó su fortaleza para irse a vivir a otra ciudad.

Llegar tarde es mi especialidad.

Decido salir devuelta a la calle. Camino para la casa del Locón. Llego muy transpirado, miro el sillón en donde ahora tiro mi cuerpo. Pongo mis ojos en el techo, pienso. Voy hasta la heladera, un imán sostiene una hoja cuadriculada, con un texto que escribí el año pasado. Mi letra es terrible. No me entiendo pero me río en algunos pasajes, la vuelvo a pegar, saco una cerveza y voy al balcón. Enfrente hay una comisaría, un gimnasio, el cielo está limpio.

-San Nicolás-

Jacinta me escribe para ir al bar cultural que abrieron en San Nicolás, yo estoy volviendo en un Chevalier. Mis últimos cinco años los pasé arriba de un Chevalier. Jacinta es una piba sensible, camina como pidiendo disculpas. No sé. Hay algo que nos conecta, un secreto indescifrable, algo, opaco, algo que se da enseguida. Una mirada cómplice. Una mueca en el terror. Una caricia al aire. Quizá su voz fina nos una como un puente frente a la falsedad, a lo uniforme. A las paredes que nos quisieron imponer en la adolescencia.

Llego a la terminal. Y no sé cómo seguir. Espero. Le pido un cigarrillo a una piba. Hablamos del calor. Cruzamos juntos la calle, la saludo y sigo. Sigo, no estoy apurado, pero algo, como si fuera una pelota que rueda, me va empujando. Quizá sea el tiempo de volver al centro de las cosas, me voy diciendo, mientras camino rápido, rapidísimo. El regreso siempre es aterrador, algo punzante, un golpe a los recuerdos, que presionados, se deforman, se escurren. Va oscureciendo y llego a la plaza Sarmiento, en donde las familias se sientan a comer en las mesas de cemento. Decido quedarme hasta que amanezca.

-Buenos Aires-

Dicen que la risa es el último peldaño que tiene el hombre antes de caer en la desesperación. Una risa profunda, como una puñalada, antes del abismo. Es la defensa ante la muerte, ese terreno parcelado que llevamos en los huesos desde el inicio. Ahí, los hombres se juntan y se toman de las mangas para no caer al fondo. Una muerte se vive paralizado. Una muerte te convierte en un invalido del que los sentidos migran, desaparecen.

Voy llevando el cajón en el que descansa mi abuelo. Llevo la parte más pesada. Hace casi cuarenta grados de calor en la Chacarita. Un hombre nos guía a los gritos. Nos indica cada paso. Nos habla como si fuéramos caballos. Más atrás están mis hermanos, mi padre, y otros que no conozco. El olor a flores es fuerte.  De frente nos espera un cura. Logramos poner el cajón sobre una especie de tarima. Mis dedos están rojos. El cura habla y nos mira uno a uno. Le sostengo la mirada. Logro irme lejos, logro verme en la plaza del Congreso con mis hermanos y mi abuelo corriendo palomas. Él agarrando una con la mano como si estuviera pescando. Logro verme caminando cuadras y cuadras con el sol en la frente. Nosotros eramos el terreno en dónde él podía disculparse, podía ser mejor, podía ser otro. Podía robar en los supermercados. Reírse de las viejas chotas. Ir a pescar. Jugar en los fichines. Tirarse pedos en las esquinas. Ponerse una campera negra y pelearse con un pibe porque le dijo motoquero. Ser lo prohibido pero con ternura.

Vuelvo y el cajón ya está corriendo por la cinta que va a los hornos. Salimos y caminamos por las calles del cementerio. Le estornudo en la oreja a mi hermano. Se enoja pero sabe que es así. Es un código. Él también puede hacerlo cuando tenga un estornudo. Es un juego que nos quedó de chicos. Y ahí vamos entre tumbas, flores y panteones...

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