A mis ex amigos


"Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su presti-
gio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora muéstranse
humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada.
Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo
cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Apercíbense entonces de su
número, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crece su
influencia en la justa medida en que el clima se atempera; el sabio es
igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo, el poeta al prestamista. La
mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.
      Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y
las profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La
aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. Tras
una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada o conmovida por un
genio, la siguiente descansa y se dedica a vivir de glorias pasadas,
conmemorándose sin fe; las facciones dispútanse los manejos admi-
nistrativos, compitiendo en manosear todos los ensueños. La mengua 
de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase cual-
quier protesta dando participación en los festines; se proclaman las
mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente el
arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la
anuencia de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un
precio razonable que oscila entre un empleo y una decoración.
      Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo re-
presentan. Cuando las naciones dan en bajíos, alguna facción se apode-
ra del engranaje constituido o reformado por hombres geniales.
Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios
por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia.
Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y
academias donde jamás brota el genio y al talento mismo se le impide
que brille: su presencia humillaría con la fuerza del contraste. Las artes
tórnanse industrias patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus
gustos y adverso a toda previsión de nuevos ritmos o de nuevas for-
mas; la imaginación de artistas y poetas parece aguzarse en descubrir
las grietas del presupuesto y filtrarse por ellas. En tales épocas los
astros no surgen. Huelgan: la sociedad no los necesita; bástale su
cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes desciende hasta
marcar el cero; la mediocracia es una confabulación de los ceros contra
las unidades. Cien políticos torpes juntos, no valen un estadista genial.
Sumad diez ceros, cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis
cantidad alguna, siquiera negativa. Los políticos sin ideal marcan el
cero absoluto en el termómetro de la historia, conservándose limpios
de infamia y de virtud, equidistantes de Nerón y de Marco Aurelio.
      Una apatía conservadora caracteriza a esos períodos; entibiase la
ansiedad de las cosas elevadas, prosperando a su contra el afán de los
suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen pru-
dentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resul-
tan ejemplares. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras
son preferibles a los hombres. Se busca lo originariamente mediocre o
lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios o santos, se
reclama discretos administradores. Pero el estadista, el filósofo, el 
poeta, los que realizan, predican y cantan alguna parte de un ideal están
ausentes. Nada tienen que hacer.
      La tiranía del clima es absoluta: nivelarse o sucumbir. La regla
conoce pocas expresiones en la historia. Las mediocracias negaron
siempre las virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno a
Sócrates, el leño a Cristo, el puñal a César, el destierro a Dante, la
cárcel a Galileo, el fuego a Bruno; y mientras escarnecían a esos hom-
bres ejemplares, aplastándolos con su saña o armando contra ellos
algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre a gobernantes imbé-
ciles o ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. A un
precio: que éstas garantizaran a las clases hartas la tranquilidad necesa-
ria para usufructuar sus privilegios.
      En esas épocas del lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las
cortes se pueblan de serviles, de retóricos que parlotean pane lucrando,
de aspirantes a algún bajalato, de pulchinelas en cuyas conciencias está
siempre colgando el albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálan-
se en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el miedo de los
que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley en esos climas.
Todo hombre declina su personalidad al convertirse en funcionario: no
lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra oculta-
mente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de una patria son los
capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada oficial. Cuando todo se
sacrifica a ésta, sobreponiendo los apetitos a las aspiraciones, el senti-
do moral se degrada y la decadencia se aproxima. En vano se busca
remedios en la glorificación del pasado. De ese atafagamiento los pue-
blos no despiertan loando lo que fue, sino sembrando el porvenir".

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