viernes, febrero 03, 2012
Todo es una foto
Los días no pasan, pongo la pava. Me siento a esperar, me acuerdo de la pensión, de ese bolso azul. Los caminos. De esa tarde. De ir y venir, siempre, bajando y subiendo. De tu mensaje indescifrable. La simpleza y su multiplicidad, todas sus facetas ocultas. Ya no pido tanto. Me río, falseando, así, por las dudas. De no contar todo, esa puta costumbre, de guardar las palabras como cuidándolas, de los demás, de la rutina. Me siento a esperar, a orillas del río. El agua está. Voy caminando, me rasco la nuca, sin pensarlo, saludo. Pateo una piedra a la bocacalle. Salto un charco, me mojo. Voy pensando en otras cosas, cruzo la calle por la mitad. Siempre espero más, y me veo en el medio, siempre ahí. Me tomo un mate. Esa tarde en plaza de mayo, esquivando palomas, yo hablando pavadas, como siempre, vos riéndote. Los desencuentros, y los amigos que ya no veo, y todo se envuelve en ese trajín, que te va distanciando, y quedamos pocos, aguantando. Siempre me estoy yendo, sin saludar, y vuelvo después. Me tomo una cerveza helada, con amigos, al lado de un fuego, mirando la ciudad, y sus luces, la luna que baja, besa el piso y vuelve arriba. Canto una canción, bajito, para no irme de tono, me voy a la mierda. Las imágenes que se van dibujando, entrelazando, con todo su vigor, y las pesas del pasado. Tengo que volver. Siempre estoy en eso, con un libro empezado, en el bolso, y ese andar desfachatado, desprevenido, de todo, de nada. La cadena de significantes, y tus demandas heterogéneas, que nunca puedo unificar, y esos días que me acuesto temprano, apago todo, y me quedo pensando, en nada, en todo. Destapo una sonrisa, una carcajada. Y el gusto a poco. Me levanto, escribo algo, borro. No puedo plasmar las ganas, pero qué convencido que estoy, como nunca, como siempre.
lunes, diciembre 12, 2011
Quizás porque
El otro día pude comprar un libro que quería leer hace rato. El nombre no importa. Y tampoco importa que la muchacha que me lo iba a prestar, no lo hiciera. Se olvidó. Antes de venir para San Nicolás, en retiro, pregunté en varios puestitos que siempre tienen de todo, pero no lo que buscaba. Después al final, casi escondido, encontré uno y pregunté, ya sin esperanza, apurado porque mi colectivo ya estaba en la plataforma. La piba que atendía, me miró, pensó, se tiró atrás y lo sacó como si lo hubiera pescado del río. Nos reímos. Yo le dije que no estaba en condiciones de pagar tanto -y digamos- no es que el libro no lo valiera, y di vueltas hasta provocarle una mueca. Ella dudó, un rato, la gente se estaba subiendo al colectivo, le dije que ya no había tiempo, que todo estaba en sus manos –el libro inclusive-. Subí al colectivo, no había comido nada, ya eran las tres de la tarde, se me había pasado el almuerzo, y ya sentado la panza me hizo acordar. En el asiento de atrás, iban un pibe y una señora, que tampoco habían comido, pero fueron más precavidos y se llevaron una vianda. Sacaron –todo por mi olfato- unas papas fritas que me ametrallaron. No importa, me dije, en tres horas estoy en la terminal. Yo odio las terminales, son grises, y siempre hay gente esperando algo, o a alguien, sentadas mirando sus relojes, el tablero rojo, impacientes, acodados a las ventanillas, mirando por los ventanales, desilusionándose a cada rato, esperando los carromatos de dos pisos. El humo de los cigarrillos, y la televisión a todo lo que da. Y una voz que anuncia la llegada, y el egreso, y las postergaciones. ¡Las postergaciones! Y todo eso que esconde una terminal (que real mente esconde muchas cosas), barajadas en esa rutina diaria que no vemos, porque siempre estamos de paso, pero que otros conocen porque la viven y reniegan de todo eso. El que vende gaseosas me lo dijo, por lo bajo, pero me lo dijo, y yo no supe que decirle, no supe como palmearle la espalda, el ánimo. Ahí viven esos tipos, como el de la gaseosa, que se ganan la vida, y parte de mi se queda ahí, con el de la gaseosa, el que labura en la estación de servicio, que agarra el surtidor a las cuatro de la mañana, y no llega a fin de mes, con el del peaje que toma mil bondis, cada vez que los veo me quedo con ellos, un poco de mi se queda a su lado. Siempre denostados, escupidos con miradas rancias, laburando la noche, la mañana, el día, y las miradas por arriba de los hombros, solo eso les queda. Para volver paleando una tristeza, inexplicable, detrás de los ojos, con el lomo cagado a golpes, eso que muchos no entienden. La mina que va en el tren a limpiar casas, cansada, sin mirarse al espejo, pero sabe que no quiere más eso, pero sigue, se levanta, y deja los fracasos por un rato, para que la suerte se le cague de risa, y después vuelva y todo sea como antes, con la luna que cae y el día que termina, y así, así, de oscuro todo, por eso, quizá soy amigo de ellos y me quedo, me quedo un rato, con la mirada perdida, como tomando impulso, tomando ese valor, que a veces no tengo, pero que tanto busco. Ahí parado con el tipo de las gaseosas que me contaba sus tristezas, su descalabro. Y sus días de felicidad y tormento lindados por una fina línea que no se deja ver. Me lo dijo, así, por lo bajo, pero me lo dijo, y me contó tantas cosas, y subí tarde al colectivo, me putearon, me refugié en la butaca nueve, ahí en la ventanilla. Yo viajaba porque mi hermano más chico terminaba la escuela y se hacía esa fiesta que todos hicimos alguna vez cuando terminamos la puta escuela, y que - luego de una noche vertiginosa, de alcohol, y bailar con las viejas al principio, para después buscar minas lindas, con un vaso en la mano, que siempre resulta poco, y uno pide y le niegan, y una mina termina doblada en dos en el baño, y nadie quiere ir a buscarla, y el humo que siempre tira el idiota que pasa música, y las puteadas con los mozos, que nunca tienen la culpa pero son la cara visible, y la comida que tiene aires sofisticados, y todo eso- después nadie recuerda. No tenía traje, y esa era la cuestión que intentaba solucionar mediante mensaje de texto, hasta que me informó un cartelito que no tenía eso que llaman crédito. A partir de ahí me puse a leer el libro. La chica le bajó el precio, y yo le prometí que a la vuelta iba a brindar con ella, con una sidra. Pero que íbamos a tener que esperar que se enfriara en el bar que estaba enfrente. No sé cómo se llama, pero me dijo que iba a estar ahí. Leí cien páginas, me sumergí rápido, evitando el hambre y las papas fritas de los de atrás. Pensé en pedirles pero después reusé a esa idea. Qué confianza podía establecerse en un colectivo, para que un tipo se de vuelta y te pida tu comida. No, absolutamente ninguna. Esa mañana había ido al Ministerio a presentar unos papeles para un trabajo. Me dejaron presentarme pero no hicieron lo mismo con mis papeles. Me faltaba, no sé qué cosa, buena suerte y hasta luego. El papelerío siempre es complicado, y leer los anexos no es divertido, y los que escriben los anexos se me hace que tampoco son divertidos.
Llegué a la terminal de mi ciudad, hacía calor, y había mosquitos, que ya los había olvidado. Bajé las escalinatas, miré el bar de enfrente y ahí estaban los viejos de siempre tomando un vermut, jugando a las cartas. Enseguida me invadió la tristeza, tanta tranquilidad me da tristeza, a dónde está el quilombo, y el humo de los autos, y las puteadas, cómo es eso que hay gente en la vereda con las camisas abiertas mostrando sus panzas blancas, haciendo visera para evitar el sol. Tomando mate. Me senté a un costado con mi bolso azul –algún día voy a contar las historias de ese bolso azul, cuando me las acuerde bien- para aclimatarme al cambio brusco del colectivo. Tengo tantas historias para contar, que siempre olvido, y no me acuerdo el principio pero si el final, y después me acuerdo el principio pero no el final. Por eso no las escribo, no valen la pena ni el esfuerzo. En un segundo, mechado con el calor, y los mosquitos, y la tristeza de la tranquilidad, me acordé de la estación de servicio, el otro día, cuando entré a mear, y a mojarme la cara, con la capucha puesta, de mi campera marrón. Después caminé sin sentido por la avenida Entre ríos, recordando al pibe que jugaba con el diábolo bronco, yo nunca lo pude tener, y arrancaba y se le caía y arrancaba y se le caía. Qué quería decir esa imagen, porqué lo había mirado tanto desde la mesa, con la cerveza caliente. Era cansadora la persistencia del pibe, cansadora y motivadora, por otra parte. No negociaba con su cansancio, arrancaba una y otra vez. Después se paró mucha gente, me distraje y lo perdí. No lo vi más en toda la noche.
Crucé la calle y me compré una tarjeta de crédito. Hablé con Fausto, estaba todo arreglado, tenía que pasar a buscar el traje a la tarde. Él no iba a estar, se lo dejaba a su vieja. OK, le digo, pero no podes estar durmiendo a esta hora. Me generó envidia. Y nada tiene que ver con eso de la envidia sana, eso no existe. Ya lo discutí en varias mesas, voy sumando adeptos. No voy a repetir todos mis argumentos. Me faltaban los zapatos. Igual, eso no me preocupaba, tenía ganas de ir en zapatillas, ya ponerme un traje me incomodaba por todos lados, imagínense un par de zapatos de otro, no, era traicionarme demasiado. Mis zapatillas estaban bien, decidí, en ese momento. Me llegó un mensaje de un amigo, preguntándome si había llegado, y todo eso. No le contesté. Quería ver a mi perro Beto. Es de la calle, mi vieja lo rescató casi moribundo, no tiene ni un año. Bajito, con el pecho blanco, el lomo amarillo, y unas uñas muy filosas. La fiesta pasó, mucho no me acuerdo, siempre hay alguien que te hace acordar, o te etiquetan en el facebook, acodado a la barra, arruinado, diciendo pavadas, o con el seño fruncido, o mirando la nada. Y fotos, y comentarios, y todo eso. Ya estoy arriba del colectivo, me olvidé la sidra, estoy leyendo el libro, que me llevó a puentes y tiendas y paisajes y tabaco, me olvidé la sidra, pobre piba, con el calor que hace, la tenía en la heladera, seguro que estalló, estoy pensando que historia contarle, nada épico; decirle que la tomamos con los choferes, que no pude decirles que no, que después la compartimos con los gendarmes que nos pararon en la ruta, y así pudimos seguir viaje. O decirle la verdad, que nunca tiene nada de épico; que no se deja querer ni un poquito, que delata el olvido, la poca importancia de las cosas, sirve decir la verdad, me pregunto a veces, se guarda linealidad, no tiene un puto vaivén, y descansa en cierta tranquilidad que atormenta, que molesta, prefiero mentirle para que se ría y no me crea, y me olvide, como todo, como a la verdad. Como yo que me olvidé la sidra, la puta madre, y las llaves de casa.
jueves, diciembre 01, 2011
Aportes para el debate
lunes, noviembre 28, 2011
Otra vez
Una vez, en una peña universitaria, estaba desplegando todos mis artilugios, de oratoria, claro. Ya cuando a esas horas mucho no importa lo que uno dice; si conjugas tres verbos seguidos ya es un logro, y, si encima, metes dos o tres frases armadas, te llevas un par de aplausos. Bueno, eh, a donde iba….no sé, mucho, mucho, no me acuerdo en qué terminó todo eso. Si que al final, medio que nos fuimos rápido del lugar, medio apurando el paso, el clima se volvió hostil, después viscoso, cuando dije….bueno no me acuerdo. La muchacha ojos de tiza, no de papel, perdón, la perdí en esa corrida bancaria. Pero sé que la vida no es fácil -ojo soy un muchacho triste, eso lo tengo claro-, pero igual tengo un poquito de sentido del humor. No supieron interpretarme. Una vez (otra vez), desperté al ladito de las olas, en Mar del Plata, les aclaro yo nací ahí, después de una noche de gira, y, claro, una borrachera espantosa. Ya estaba en esos años los operativos pelotudos de Scioli, que sigue siendo, también, un pelotudo. El sol medio que me había ganado la batalla, bah, la ganó. Lo bueno es que no entendía nada. Ya vamos hablar de política, amor. No te enojes conmigo, que para eso ya estoy yo. Dos no. No da. Una vez (otra, otra vez), me preguntaron vos sos el que escribe en el blog, ese, eh, ese, si el que escribe boludeses, je. Creía conocerme, pero bueno, le expliqué que en la vida no todo es verdad, y esa sensibilidad que rodea al mundo también se toma vacaciones, aunque se puede, en fin, ser también un insaciable. No sé que más me preguntó, yo que soy vanidoso, pero le pongo un disfraz para que no se note, conteste otra cosa totalmente fuera de la cuestión. Creo, en fin, que la piba no lee más esto. Suele pasar, suele pasar. Una vez (otra, otra, otra vez) me puse mi mejor camisa, y me tomé el tren para ir a buscar a una mina, después mucho no funcionó la cosa, pero la pasamos bien. La cuestión es que le erré al tren que tenía que tomar, hoy es todo risas, pero en ese momento no era todo risas. Otra vez, en una fiesta en la que habían cortado la calle, y se inauguraba una unidad básica, yo me senté, después de pelearme con todos los que me venían a comprar a la parrilla, en el cordón de la vereda. Tanta veces denostado, dejado de lado (de ahí viene mi devoción a los cordones de las calles). Tenemos esa épica que no siempre resalta, que espera una pincelada, a tanta grisura, a tanta frialdad por la noche, pocos entienden a veces de qué carajo hablo. No importa. Siempre digo no importa. Y ahí estaba yo, sentado como siempre en el cordón, con una cerveza helada, que miraba cada vez más de abajo. La noche estaba hermosa. Una brisa de aire fresco me pegaba de todos los costados, así como desafiante. Ya estaba cansado, crucé mis piernas, con mis manos sobre las rodillas. Metiendo un trago, dos, tres. Dejando pasar las horas, cantando una canción, la marcha. Yo la esperé sentado en el cordón de la vereda, con una cerveza, sin épica, sin resquemor, con un dolor en la espalda terrible. La esperé sentado en el cordón de la vereda, con un vaso vacío.
lunes, octubre 31, 2011
Servilletas de papel
Te explicaba, el otro día, que las cosas no son tan fáciles. Y ya te lo dije, las cosas son siempre mucho más complejas. Los tipos sensibles vamos por la calle, tocando con los dedos las paredes, salteando los marcos de las puertas, cantando una canción. Es así, te dije, los perdedores tenemos estas cosas, nos cagamos de risa de todo, y de todos. Y también se nos cagan de risa. Escribimos en servilletas de papel, en los bares de paredes ásperas, y pedimos la cuenta cuando cierra. Nos cuesta el punto y aparte, vamos siempre pensando en esa mina que no nos dio bola, y nunca nos la va a dar. Nos gusta la madrugada, pero también la odiamos, evitamos la linealidad, y amamos la simpleza, esa que es la más difícil de conseguir. Nos contradecimos, y vamos y venimos, y peleamos, y que se yo. Y defendemos una inconstancia, sin sentido. Y abandonamos, y empezamos de vuelta, y volvemos a abandonar, cuando todo parece estar signado al éxito, dejamos todo ahí. Si, ya sé, no entendés, no importa.
lunes, octubre 24, 2011
Registrar cada segundo

Tanto caminar, tanto discutir, tanto luchar. El devenir, la historia que nos cruza como un rayo; en días de soledad, tristeza, llanto, alegrías, risas. Se me dibuja una sonrisa, aunque a muchos se les desdibuja, y putean a la mayoría, igual que ciertas plumas, que mordieron la banquina hace rato. A mí me chupa un huevo. Yo estoy contento y me permito disfrutar de esta época, abrazarla, llevarla a pasear a todos lados, no dejarla respirar, caminar por la calle, saludando con el pecho inflado, y me rio a carcajadas, largas, me empacho de risa, me rio, porque sé todo lo que costó llagar a esto, a este grado de felicidad, que no se alcanza nunca a tocar del todo, pero que hoy está más cerca, se deja ver. Me subo a los taxis, y escucho a los tacheros escupir mugre, y me vuelvo a reír, y les digo todo que si, usted puede cambiar el mundo pero déjeme en la esquina. Me pongo la bandera sobre los hombros y soy invencible, con mis compañeros, con el pueblo, abriendo paso a las esperanzas que muchos perdieron, otros la sacaron del cajón, de abajo de la cama, la desempolvaron, y me quedo colgado mirando, buscando retenerlo todo, no olvidarme de nada, de sentir ese calor, que envuelve la atmósfera, el aire. Registrar cada minuto, cada instante. Y me retrotraigo, me miro las manos, como sin entender, me subo la campera hasta arriba, con las manos en los bolsillos. Me paro a un costado. Comparto mesas hostiles, me enojo, puteo, pero en realidad, me rio de todos. Esas miradas por encima de los hombros me rodean; buscan voltear mi compromiso, mis ideas, mis banderas, mi convicción, no hay caso, che, no sigan, no van a poder, y menos con discursitos de cartón pintado. Me duele todo pensaba a la noche, pero que dolor lindo, de esos que son únicos, rebeldes, que te queman el alma. Pongo una canción, me relajo, canto bajito, y me vienen imágenes hermosas…
domingo, octubre 16, 2011
Charcos
Es el vértigo que me va cercando, marcando la cancha. Me fijo, desconfiado, por la mira de mi puerta; de arriba abajo, me rasco la cabeza, busco el espacio, lo castigo, lo despojo, lo mando al carajo. Una mirada que guardo en mi bolsillo izquierdo. Un pasaje a no sé dónde. Una sonrisa inquieta. Una noche de verano. Una pensión helada. Una calle de adoquín. Un puente solitario. De soledades que se entienden sin hablar, que son pareja de años, que caminan por la calle, sin agarrarse de la mano, sin chistar, cantando alguna canción, temiendo perderse, compartiendo un cigarrillo bajo la lluvia. Sin pensar en el mañana, yo soy esto, y no soy nada, cambio en el devenir del camino. Yo me dejo trampas a mí mismo, y me juzgo con cinismo y me condeno.
Un árbol que se bambolea. Una persiana cerrada. Una pared pintada que grita. Una sed de revancha. Un camino de asfalto. Ese vértigo, insoslayable, que monta guardia, en mi puerta. El devenir, los ríos que se cruzan, las palabras ancladas en el tiempo, la historia que me atraviesa, como un flechazo. Sicario el tiempo, que me espera a un costado, riéndose a carcajadas, hasta ahogarse. Me cobra intereses, me tira al piso, me patea, me levanta, me da una mano, me saluda, se va, vuelve, y no se olvida. Yo me reto a muerte por cobarde, y me mato, y me salvo, y me doy miedo.
Camino, muevo las piernas, salto un charco, paro. Me olvido de todo. No me acuerdo contesto, miro la calle. Desecho historias, las desmenuzo, las recorto, altero el orden de las cosas, y me favorezco, y me perjudico, y me lo creo, y no me lo creo. Voy rellenando de escombros el pozo, que muere ahogado, sin poder respirar. Camino, muevo las piernas, salto dos charcos. Me olvido de todo. Y traiciono sin dudar mi propio duelo, encontrándome feliz por todas partes.
Yo me dejo trampas a mí mismo,
Y me juzgo con cinismo
y me condeno,
Me cuelgo del abismo de los huevos,
Y me ayudo a escapar en un descuido,
Y traiciono sin dudar mi propio duelo,
Encontrándome feliz por todas partes.
(Zambayonny)