Es difícil convivir con el agua. Hace una semana que tengo
el baño inundado porque, como siempre, todo puede salir mal. Una mudanza
implica estar alerta a las complicaciones que conlleva, intrínsecamente, el
reconocimiento del terreno. Es decir: lo único que te abraza es la dificultad.
Primero tuve problemas con el calefón, es uno de esos viejos, en el que uno
siente que en cualquier momento te puede volar la cara de un una explosión.
Llamé a un plomero y lo arregló. Después fuimos por el baño. Vamos por todo,
amigos. Sin embargo, el inodoro fue más rebelde. El plomero le cambió la goma
del caño de atrás, pero ese no era el problema. Gracias a dios el plomero se
dedica a esto y no a operar personas, porque si no tendría varias causas por
mala praxis. Claudio, si el plomero, me bicicleteo una semana con que iba a
venir a arreglar lo que hizo mal, te voy a llamar, no, bueno, entre hoy y
mañana estoy por allá, y todo eso. No vino y el agua ganó el baño. El problema
es concreto: el inodoro pierde por abajo, tiene que sellar y listo. Es
increíble cómo el hombre se adapta a situaciones tan adversas (Ja); ahora
camino en puntas de pie, como en los baños de las estaciones de servicio, que
siempre están inundadas, no solo por agua y de los cuales uno siempre sale
rápido como si hubiera afanado un banco. Cierro porque tengo que ir a los
chinos. Hoy viene el plomero para solucionar lo que no solucionó y lo que cree
que puede solucionar. Después les cuento.
Acá les dejo otro video de mi mega investigación que hice por Internet. Otra solución de los amigos de Ferreteandola. El video que está más arriba representa el error de mi plomero Claudio. Ahh.
Era de esperar que, ante un acontecimiento histórico, las fuerzas
políticas de la Argentina intentaran resignificar al nuevo papa. Eso hizo Cristina. La Presidenta y Francisco
conocen bien los resortes del poder y son constructores de poder. Ambos entendieron el rol que ocupa cada uno en
la nueva relación. Dejando de lado cierto costado sinuoso en cuanto al pasado
del cardenal, su comienzo fue eficaz, concreto y seductor para los ojos del
mundo. La palabra que alimenta esta nueva apuesta entre la iglesia y sus
seguidores es: austeridad. El vaticano entendió para dónde va el agua en
Europa; el pan de varias generaciones en el viejo continente será, justamente,
la austeridad. También la frase ilustrativa:
“Una iglesia pobre y para los pobres”, refuerza este nuevo paradigma, no se
lucha contra sino que se baja al escalón de lo que vendrá. Un mediador que condena la injusticia y la desigualdad pero, a su vez, la sustenta. Por otra parte, está designación del papa
argentino confirma lo que viene sucediendo en la política local hace varios
años. Lo más interesante sucede dentro del kirchnerismo, donde se discute en el
seno de diferentes agrupaciones la postura a seguir. Horacio González, de quien
no soy muy devoto, planteó su diferencia con respecto a cierta parte del
oficialismo. Mariotto, por su parte, lo definió como un papa peronista, por su
trabajo territorial y por su sensibilidad social. Estos debates demuestran
porqué el gobierno sigue teniendo la iniciativa en casi todos los temas de
coyuntura y una visión plural de la realidad.
Por su parte, los medios luchan, en el campo de las
significaciones, por crear una imagen acorde a su juego. Algunos, quizá, con un
mensaje demasiado edulcorado, en el que se plantea el microclima de la catedral
de Buenos Aires, como el entusiasmo general del país. Dichos medios, en las
primeras horas de la noticia, planteaban a Bergolgio como el líder de la
oposición. Pero Cristina les bajó la jugada del tablero al tachar del cuaderno
los malos entendidos. Nuevamente se reflota en algunas lecturas que, la iglesia, puede tomar la representación de los demás actores y jugar un claro rol político. Más, teniendo en cuenta la relación casi simbiótica entre el Estado argentino y la iglesia católica. Roca no pudo sostener su intento de correr al clero de un eje central en la sociedad civil. Luego, fue el peronismo, quien discutió, luego de ocho años de buen trato, la construcción de las masas populares, terreno hegemonizado por la iglesia. Dicha relación terminó de romperse cuando propuso la ley de divorcio, los derechos de los hijos ilegítimos, entre otras. Las principales diferencias entre el cardenal y los gobiernos kirchenristas se basa en dicha disputa. La apuesta, de muchos, es que la iglesia retome su papel de mediador y sirva como límite para el accionar de los gobiernos populares de latino américa y, por supuesto, de la Argentina.
Sintetizando, porque resulta cansador: diálogo, misericordia, paz, unidad, dolor por el prójimo,
entre otras, son las promesas del “nuevo restaurador” de la iglesia católica,
en cuya espalda descansarán enormes desafíos: profundizar cambios estructurales hacia adentro, el problema económico del vaticano; y volver a poner en el centro a la iglesia como principal mediadora, encargada de limitar los márgenes de los gobiernos populares.
Le mando un mensaje a mi hermano, a la madrugada, le escribo, cuando vuelva vamos a tomar una cerveza en el techo de casa. Me pregunta si estoy borracho. No me acuerdo. Vamos a tomar una cerveza en el techo, tenemos que ver cómo subimos, yo tengo un leve plan, pero no sé, hay que ver.
Hoy llegué y subimos al techo. Fuimos al garaje, donde mi viejo guarda todo lo que no va a usar, y sacamos su escalera. La que se compró después de que rompió la baranda de la cucheta que usaba como escalera. Esto es un desafío le digo a mi hermano, que está tan entusiasmado como yo. Los perros también quieren subir, pero no saben cómo. Nosotros también queremos subir pero tampoco sabemos cómo. El patio tiene una galería y más atrás un baño. Por las tejas no podemos subir, porque no soportan el peso de seres humanos. Decidimos subir por el techo del baño, ya estamos con la escalera. Sostene le digo, como si en sus manos depositara mi vida, como diciendo mira que si me caigo es tu culpa. Subí medio temblando, no había pensado en el temor, aunque creo que pienso demasiado. Mi viejo me lo recuerda todo el tiempo. Ya arriba, le digo que suba, demostrando seguridad. Pienso que no hay que tener seguridad, solo hay que mostrarla.
Con eso alcanza, y alcanza a los otros. Cierro el paréntesis. Mi hermano sube, creo que es más hábil que yo. Ahora miramos y soltamos una risa, como cuando éramos chicos, somos, no queremos dejar de serlo. Bueno, hay que pisar el techo del quincho, al costado están las tejas naranjas de la galería y después viene el techo de la cocina, que es un techo a dos aguas. Pienso en el peinado de un amigo. Hay que tener en cuenta que los techos son terrenos desconocidos para casi todas las personas que habitan sus propias casas. Poca gente se sube a su techo. Yo subí con mi otro hermano una sola vez, después de una pedrada, que tapó las canaletas y nos inundó la casa. Me acuerdo que, cuando subimos, estaba Mario, un vecino que ahora no vive más al lado. Y que, además, después se peleo con mi viejo, como (casi) todos los vecinos. Mario era un pelilargo, bastante nabo, que, recuerdo, nos preguntó si subíamos a sacar las piedras de las canaletas. No, subimos a jugar al ludo matics, le dije. A partir de ahí nunca más me saludo. Yo si para molestarlo. Ya está, pasamos el quincho, atrás las tejas naranjas, atrás Mario y su pelo largo, atrás el techo a dos aguas. Ahora, según el diagrama de la casa, viene el otro garaje, el que vendría a ser también el frente de casa. Ese techo tiene membrana le digo a mi hermano, como si fuera un terreno más seguro. Llegamos y está la membrana, no se la robaron. No se ve mucho para la calle porque el frente de la casa tiene un cordón que no deja ver. Si, se ve el árbol de la calle y se ve el edificio de enfrente, pintado con esos colores que nos castigan todos los días, un verde alga y un marrón sin vida.
Estamos en donde vamos a tomar la cerveza.
La cerveza está abajo.
Hay que bajar.
Hacemos todo el recorrido de vuelta. La escalera está en su lugar. Esa escalera tiene una anécdota. Una vez un plomero vino a casa a cambiar el termotanque. Yo y mi hermano estábamos en el jardín, porque mi vieja nos pidió que observemos a los plomeros. Estábamos tirados en el pasto y el sol nos vigilaba a nosotros. Y la vida es sabia. Y la vida pega cuando pegás demasiado. Uno de los plomeros, que era el que más sabía y era el más capo de los dos, se estaba pasando, quizá de capo. Y verdugeaba a su co-equiper. Un gordo humilde, con barba crecida, bueno. Demasiado. Que tenía un gorro de lana en la cabeza y en las manos un zamba. No me acuerdo cómo se llamaba el más capo, pero vamos a ponerle Vargas. Vargas estaba arriba, en el techo, y le indicaba al gordo que estaba abajo, que tenía que encajar el caño del nuevo termotanque. La cosa se fue poniendo espesa. Vargas le decía… y papi, subilo, papi, bajalo, papi, dale, papi. Y al gordo le temblaban las manos. Nosotros escuchábamos. Deja que me bajo y lo hago yo, ametrallaba Vargas. Haciéndose una panzada con el gordo. El gordo decía que no, que necesitaba un poco de tiempo y que no le indicara todo junto. Yo quería ir y bajarlo a piñas a Vargas. No sé mi hermano, pero creo que también. De vuelta el…y papi, me extraña, papi…
Y cuando Vargas iba a bajar para humillarlo al gordo manos de zamba. Esa misma escalera, por la que mi hermano y yo vamos a bajar, lo abandonó. Y Vargas, el que era el más capo, el del… y papi….me extraña….Quedó colgado y casi llorando… Y gritándole al gordo manos de zamba. ¡vení, dale, boludo, que estoy colgado!
Yo, si hubiera sido el gordo manos de zamba, lo hubiera dejado colgado, me hubiera parado, a mirar, con los brazos cruzados, por arriba de la panza y le hubiera dicho: Y papi, me extraña, papi, eh. Nada de eso pasó. El gordo manos de zamba, fue corriendo como mujer golpeada, y perdonó a su golpeador. Y Vargas no se cayó y tampoco sufrió lo suficiente. A partir de ahí, con mi hermano, siempre que algo no nos sale rápido decimos: Y papi, me extraña, papi.
Estamos por bajar y los perros nos miran. Están contentos de vernos. Bajamos y yo le voy contando algo a mi hermano. Vamos a la cocina. Abro la heladera y la tapa del congelador se me viene encima, la atajo y saco la cerveza, con la tapa en la mano. Después pongo la tapa, eso lo venimos haciendo hace diez años, más o menos. Sin vasos, coincidimos. Hay que subir las sillas que mamá sacó con los puntos de la Shell, esas que son amarillas y son buenas. Tenemos el celular para poner un poco de música. Yo subo, estiro las manos, agarro la cerveza, que era lo principal, después una de las sillas amarillas, después la otra. Sube mi hermano. Hacemos el recorrido y llegamos de vuelta al techo con membranas.
Ponemos las sillas, que hacen el ruido de playa. Pero no. Acá no hay arena, acá hay membrana. Y ya estamos le digo, viste que lo íbamos a hacer. Asiente. Yo le pido que ponga una canción que está en mi celular, una de las bandas que más me gustan de este tiempo. Primero porque son independientes, después porque tienen olor a nuevo. Como cuando eras chico y te subías al auto nuevo que compraban tus viejos, me acuerdo del Imola. No lo tuvimos mucho tiempo, pero yo veía la felicidad de mis viejos y sabía que eso era algo importante. El sabe de qué banda le hablo, es el Mato a un Policía Motorizado, son de la Plata, le digo. Sí, me dijiste veinte veces. Poné mi próximo movimiento, indico. Empieza y el tema es todo esto que hicimos, nos falta el rifle. Destapo la cerveza y ya cayendo la tarde, un vientito viene del río. El edificio feo de enfrente está lindo, quizá es la cerveza, quizá la tarde. La membrana del techo está caliente, le digo a mi hermano, suena el Mato, voy a subir al techo a ver, a mirar el desastre, bajo la luz de la luna gigante.
La mirada perdida en un sillón. Alguien se comía la charla,
contando del barrio, los puentes del Estado, las calles internas, las arterias
subdesarrolladas. Me quería ir. Necesitaba aire. De calle. De noche húmeda. Me
arranqué del espejo del ascensor. Afuera llovía una noche de verano, con un
aire de fin del mundo, de despido, de ciudad enorme, de volante para salvarse
de la rutina. El agua se iba por las bocacalles, suicidándose, mezclándose con
la basura del día, se escurría. Crucé
por la calle de la pensión, donde comíamos arroz blanco, con lo que había, con
un plato para todos, sin esperanza en más. El estudiante del ahorro, de la
pelea en pasillos de facultades públicas, en los baños con charcos de meada, se
respira las ganas de salvar el barrio, con las manos juntas como tomando agua
de una canilla, para salvarte de todo eso. Y llevarte a otro lado, sin la
confianza de ser lo mejor. Sin la confianza en nada. Escribiendo frases cortas,
en bares, en servilletas, en manteles de fondas, en paredes. Sin atar a nadie,
sin conservar ni un recuerdo, sin mirar los talones. Siempre con un bolso azul
recorriendo avenidas, de dos manos, como
una paradoja, como una risa al aire, la ciudad que nos pasa factura, que
nos pide pagar una deuda, de vidas pasadas,
de eterna disculpa, con lo que fuimos, con la sombra que nos sigue. Una
disculpa eterna que ya no tiene palabras, ni discurso, ni pared para pintar su
último deseo, ganándole una cerveza al chino de la cuadra. Para festejar otro
día de supervivencia, de labios estirados, de la piel blanca. Fuimos el barrio apagado después de un
carnaval eterno, con los vasos de plásticos, las lámparas de colores, el cuerpo
nos pasó la factura del frío, de los talones fríos. Como un aviso, como
marcando el camino, el desenlace lineal, de errores.
Y el agua caía como la esperanza de los pobres.
Tus ojos adolescentes, con el miedo de perderlo todo, de
golpe, de un tiro, derrapando en la banquina. Sin garantías para nada, para
estar de pie, en el quirófano donde descansan los cuerpos, en camillas heladas,
en los túneles de luces blancas, de silencios eternos. Un dique a la tristeza.
Una gaseosa sin etiqueta, un café sin azúcar, un teléfono sin crédito. La senda
peatonal que nos divide, que nos deja con la mirada en lo que hay que cruzar,
con el paso para atrás, con el mentón erguido. Con un miedo de película. Y
empieza el nuevo día para los trabajadores de rieles, de metales, de autopartes,
de manos dolidas. Y empieza la canción
del cemento, del 1,25, de las mujeres bellas y fuertes, que esperan en las
esquinas, en los bancos, en las filas, en el hueco de un árbol, esperando pagar
sin desgracias, sin lo espeso.
Caía el agua, por los toldos, por los carteles iluminados,
por los cuerpos de los edificios, esperaba un taxi, un colectivo, para subirme,
para andar, para parar de pensar, para llegar a ningún lado.
Nadie nos va a raspar los talones del vuelo. Con las manos
llenas, de aire, mirábamos por la terraza, con los ojos en modo lento. Las
macetas, de plástico, con el verde y el naranja, las membranas del corazón, capas y capas. Hay grietas.
Varias grietas.
De subsuelo.
De playa de estacionamiento.
De líneas, de columnas, de silencio húmedo.
Nadie nos va a raspar las ganas de ser geniales. Era un
peso, irremontable, cuando te miro la parte de atrás, el descuido. De espaldas, a los días, de
espaldas, somos todo lo que no queremos mostrar. Somos el descuido. De
espaldas.
Con las manos hundidas en manteca.
Manteca, manteca,
manteca.
Que se cae por las grietas.
El subsuelo, de la playa
De estacionamiento.
Somos geniales.
Nadie nos va a raspar el desamparo, ese toldo de chapa,
cagado a golpes, por piedras, por ramas, por
la vida.
Manteca, manteca, manteca.
El desamparo nos dejaba con los talones hundidos, en lo que
fue, en lo que podría, haber, sido. O solo, dos pies hundidos, en barro, en
cal, en arena, en una membrana, de corazón. Absorbe, manteca.
Los cables, que eran ríos, desde la terraza, las ratas que
corrían por los ríos de cables, el descanso de la calle, el subsuelo, una
esperanza roja, como un hombrecito, enjaulado, para siempre, con la ropa roja,
para siempre.
Nadie nos raspó los talones, los desgastamos, con las
piedras, del cemento, del cordoncito, el suave andar. Nos enfrentamos, nos gastamos los pies, nos
enfrentamos al ejército.