miércoles, noviembre 15, 2017

Lother

Llegamos de noche, enganchados al camión de Magrao por una soga vieja. Magrao es un camionero que tiene la risa como respuesta a todo. Si te están por cortar una pierna él seguramente se reirá. El portón de metal se abre y de ahí sale un hombre bajo, morocho, con lentes y ropa manchada. Estamos en un barrio lateral, sobre una calle de tierra, mal iluminada. El hombre es una especie de nube que camina a ras del piso, a cada frase aletea con los brazos. Enseguida se tira abajo del motorhome, lo mira, habla para él mismo, toca piezas, hace silencio. Estamos todos mirando para abajo como si buscáramos algo perdido. Hoy ya es tarde, dice, mañana vamos a desarmar el motor para ver que piezas están dañadas. Yo los voy a ayudar a ustedes y ustedes me van a ayudar a mí.

Lother nos invita a pasar, el portón se cierra detrás nuestro rápidamente. Hay un desorden importante. Mugre, radiadores viejos, cajas de cambio, baldes con tornillos, agua acumulada en hoyas. Llegamos a un patio con una cocina al aire libre, con techo de chapa. Una soga con ropa colgada decora la escena. El desorden sigue. Hay un mostrador de carnicería, asientos de autos de carrera, dos perritas en miniatura, ladrillos apilados, lavaropas, pulgas, latas de cerveza. La casa es un proyecto a medio hacer. La noche es cálida y nosotros nos estamos aclimatando a lo desconocido. Estamos a minutos de que ese clima se inunde, se desborde, como las casas que duermen al borde del mar. Lother prepara su golpe al mentón.



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