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Docentes

Buen análisis de Gustavo, acerca de la discusión de los docentes. Para tener en cuenta y analizar los componentes que nutren esta discusión.

Un Espiral interminable:

Durante el discurso del jueves en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, La Presidenta destinó un severo rapapolvo a los docentes en huelga. Después de apelar a la cantidad de horas trabajadas y los tres meses de vacaciones -lugares comunes que se pueden rebatir fácilmente-, puso como ejemplo la cifra ofrecida por el gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, a los docentes provinciales. Lo que el socialista no debe haber mencionado a CFK durante su visita a Rosario es el incremento en las tarifas de luz (33 %), agua (70%) y en la Tasa General de Inmuebles (¡104 %!). Y no por la quita de los subsidios, sino por el déficit dejado por la gestión Binner. El 21 por ciento ofrecido por el gobierno de la invencible es inferior a lo que llegará de más en cada factura. Y esos aumentos de tarifas se acordaron antes de que asuman las nuevas autoridades a fines del año pasado.
Si La Presidenta convocó a los docentes a ampliar la discusión por el proyecto educativo más allá de una puja por el salario, trastabilló en la manera. Si la crítica estaba dirigida a ciertos sectores de la representación sindical o a los maestros que abusan de los beneficios del Estatuto Docente, hubo más confusión que claridad en sus dichos. A pesar de que en estos ocho años la recuperación salarial ha sido significativa, 3000 pesos no expresan una excesiva valoración del trabajo de los maestros. Con esto no se pone en duda el esfuerzo que se ha hecho para mejorar la calidad educativa, con la modificación de planes de estudio, el incremento del presupuesto, la construcción de escuelas, la distribución de libros y, sobre todo, de netbooks.Precisamente por todo esto, las palabras de Cristina no cayeron muy bien y menos en medio de las paritarias.
Además, los porcentajes que se acuerdan en paritarias son devorados al instante por la inflación a cuenta, que, por supuesto, los supera ampliamente.Eso es algo que se le ha escapado al Gobierno Nacional. No la inflación como resultado del aumento del consumo, no la que tiene que ver con el precio de los insumos, no la ocasionada por la relación peso-dólar, sino la que es producto de la mera especulación y una avidez despiadada por acumular más invirtiendo menos.
Muchas veces se ha dicho pero es importante reiterarlo: la política debe garantizar que la economía esté al servicio del hombre y no a la inversa. En un país que está recuperando el Estado –y muchas cosas más- como impulsor de la economía a través de la generación de empleo y del fortalecimiento del mercado interno, no se pueden descuidar las acciones voraces de ciertos actores del mercado que destruyen de un plumazo lo que tanto cuesta construir. La inflación –que preocupa más como mal recuerdo que como realidad- es el resultado de una resistencia empresarial a la re distribución del ingreso. Aunque la ortodoxia apele a la ley de la oferta y la demanda, cualquier especialista –al menos en la intimidad de su baño- advierte que no hay proporción entre el incremento de la demanda y el índice inflacionario. Eso puede pasar con productos estacionales, pero no con la leche, el aceite, el pan y otros artículos de la canasta básica que abundan más que escasean por estos lares. En estos casos existe una inflación que no alcanza a explicarse con las variables que la componen –insumos, salarios, impuestos- sino que tiene su origen en algo más siniestro: la angurria empresarial.
Muchos productos esenciales aumentaron más del 30 por ciento en un año sin otro motivo más que la conquista de una porción mayor de la torta. Más allá de las diferencias que puedan existir entre los números del INDEC y de las consultoras privadas, es imperioso que se discuta el origen de la inflación. Para eso se hace necesario el control de las ganancias empresariales, lo que llevará a calcular el costo de elaboración de cada producto. Y entonces, en lugar de aprobar precios sugeridos por los empresarios, la Secretaría de Comercio podría establecer una franja porcentual por sobre el costo de producción. Que se sepa cuánto cuesta producir un paquete de arroz y la ganancia que se expresa con el precio de góndola. Lo que en la economía clásica se conoce como Ley del Valor, esencial para saber la diferencia entre el costo del producto y su precio de venta. También se debería controlar la cadena de distribución de los productos, para que los intermediarios no obtengan ganancias excesivas. Este es un primer paso. El otro es más duro,pero hay más de un 54 por ciento de apoyo para alcanzar su realización.
Con la dictadura cívico-militar del ’76 comenzó en nuestro país un proceso de concentración económica que se profundizó gracias a los ingentes esfuerzosde Menem y Cavallo en los malditos noventa. Pocas empresas comercializan más del 50 por ciento de los productos que pueden verse en las góndolas. Y muchas de estas grandes compañías manejan diferentes marcas del mismo producto en una patológica simulación de competencia. Esto puede verse en los lácteos, fideos, aceites, arroz, entre otros. Esta posición dominante en el mercado permite aumentar los precios casi rutinariamente. Por si esto fuera poco, entre las grandes empresas acuerdan los incrementos, una práctica distorsiva y casi mafiosa que se denomina cartelización. Pero además,presionan a los comerciantes –supermercados y almacenes- para impedir o al menos sofocar la aparición de marcas alternativas, acciones que, con la legislación vigente podrían sancionarse a partir de la necesaria denuncia de organismos de control.
Para frenar la inflación es imprescindible desarticular esta distorsión del mercado, haciendo que se diversifique la oferta a través de distintas marcas que verdaderamente compitan entre sí y no que pertenezcan a una misma empresa. Por otro lado, el creciente trabajo cooperativo puede aportar a los consumidores una variedad de productos a precios menores siempre y cuando se garanticen las condiciones para la distribución y venta. Una toma de conciencia del usuario ayudaría a que la herencia neoliberal se desarticule más rápidamente.
La negociación paritaria es una conquista que ha retornado en estos tiempos, pero de nada sirve si las empresas trasladan los aumentos a los productos. Una carrera en espiral que no terminará nunca. El economista Roberto Navarro, en una nota del último número de la revista Debate, afirma que en esta carrera ganan siempre las empresas. “La suba de salarios promedio del 31,4 por ciento –en 2011- se vio superada por un incremento del 18 por ciento en los precios de los bienes y servicios que venden las empresas y una suba de la productividad del 11 por ciento”. Las empresas recuperan lo que ceden y a la vez, aumentan su productividad, obteniendo así ganancias que no se reparten. El autor cita un informe exclusivo del Ministerio de Trabajo en el que señala que a diez años de la salida de la convertibilidad, el costo laboral real en moneda extranjera es un 35 por ciento menor al de 2001. A pesar de la recuperación del poder adquisitivo, el salario influye menos en la conformación de los precios que diez años atrás. Por lo tanto, la inflación no es producto de los porcentuales que se conceden en paritarias, sino de prácticas distorsivas que tienden a incrementar la rentabilidad empresarial.
Sin dejar de valorar las enormes transformaciones que se han producido en nuestro país en los últimos ocho años, las palabras que La Presidenta destinó a los docentes en el Congreso resultan desconcertantes. Suena desacertado cuestionar las aspiraciones salariales de los trabajadores mientras, desde las sombras de la especulación, las grandes empresas, por las dudas, aumentan sus precios. En la puja redistributiva el hilo no se debe cortar por lo más delgado. Este ignoto profesor de provincias puede avergonzarse de los colegas que abusan de las licencias, pero no de la lucha para conseguir ingresos más dignos. En este duro camino para construir un país más inclusivo, vergüenza deberían sentir no los trabajadores que pugnan por un incremento salarial, sino aquellos que –avariciosos al extremo- no dudan en someter la economía cotidiana a una vertiginosa espiral numérica que resulta muy difícil de alcanzar.

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