El vagabundo que está llamando a tu puerta tiene puestas las ropas que tú llevaste una vez. Colaboraciones alias: fedepits
No puede ser, esta ciudad es de mentira
DEL BLOG DE CECILIA:
Decidí venirme a vivir a Buenos Aires de un día para el otro. Estaba pasando por ese momento en que sentís que nada de tu vida te pertenece.
Desperté un martes o miércoles o algo así y dije "Me voy a vivir a Buenos Aires".
Me había recibido hacía unos meses, estaba recién matriculada, trabajaba para un abogado casi gratis, tenía un departamento confortable, arrastraba una relación que no funcionaba hacía más de dos años, ya me había leído toda mi biblioteca al menos tres veces, había recorrido todos los lugares copados de aquella ciudad. Nada que me sacuda. Entonces es cuando el cuerpo te avisa: te tenés que ir.
Repartí los muebles y regalé la mitad de mi ropa de manera que toda mi vida entre en dos valijitas y un bolso de mano. Elegí los libros más chicos, llevé los demás a lo de Martín. Saqué un pasaje de ida, y me fui.
Llegué a la casa de una chica, que muy amablemente me dijo que tenía una habitación desocupada, que venga y me sienta cómoda hasta que me instale definitivamente. Todo transcurrió genial, entre entrevistas laborales, una que otra fiesta, caminatas interminables con una Guía T en mano, personas nuevas.
Un mal día, ella decidió que su vida le había dejado de servir. Pero en lugar de irse, la quiso dejar. Yo volvía de tomar unos mates cuando me encontré aquel escenario de intento de muerte, llamé a los profesionales y terminamos aquella noche y las próximas dos semanas yendo y viniendo a una clínica psiquiátrica. Allí estaban ellos, los locos. Locos de todos los colores, con la tristeza como lugar común. Nadie quería estar ahí, ni ellos ni nosotros (las visitas). Sin embargo, todos los días a las seis de la tarde llegábamos, hacíamos mate y nos sentábamos en ronda a hablar de trivialidades como si nada hubiera pasado y todo fuera natural. Me contaban historias, la mayoría absurdas. Me explicaban cosas fundamentales, como que los pavos reales son de la realeza.
Así estuvimos, hasta que mi roommate se fue de la ciudad, yo de su departamento y nunca volví a saber de la clínica ni de los locos.
Cuando llegué conocí a un chico que tenía una sonrisita tonta. De pronto me vi escuchando jazz a los besos en Thelonius, abrazados en el cine mirando La piel que habito, caminando de la mano por Corrientes algún viernes a la noche. Después simplemente alguna ficha no encajó lo suficiente y dejamos de hablar. Esas cosas pasan en todas las ciudades.
Cuando me fui del primer lugar, me fui al departamento de Flor. Desde que empezó todo el circo, ella me decía que me tenía que ir. Que ella tenía un cuartito, que iba a estar mejor. Y tenía razón. Limpiamos el cuartito, pusimos mis cosas, nos tomamos un vino y nos hicimos amigas.
En un par de semanas conseguí trabajo y al fin hice las paces con la ciudad.
Aprendí a andar en subte, descubrí el mapa interactivo que desplazó a mi Guía T porque te dice cosas como "Camine desde . . . párese en la parada del autobús, deténgalo, suba, inserte una moneda. . .". Descubrí que era cierto aquello de que Buenos Aires es la ciudad que nunca duerme. Entendí que todos están muy solos, y que es probable que se deba a que son demasiados y los trechos son largos. Los trechos afectivos, claro. A los otros se los saltea como si nada. Descubrí también la música indie, la moda hipster; aprendí a usar palabras como "random" o "border" y esas yerbas. De a ratos los veo en bloque, como si todos fueran "cool"y listo. Sin embargo, la simpleza que acarreo de haber nacido en un pueblo de diez mil habitantes me permite verles los detallitos especiales, originales que los hacen bonitos y hacen que cualquier chica crea en las personas.
Todavía descubro cosas cuando camino. Como lugares que son spa, pero también restó, pero también librería y al final del pasillo cabaret. O como personas que duermen en la calle, pero frente al televisor. A veces me digo aquello que decía Benedetti "No puede ser, esta ciudad es de mentira". Pero entonces un porteño calentón me grita que soy una mogólica y que casi lo piso, y entonces vuelvo a tierra y sigo caminando.
Estoy enamorada de esta ciudad. No tengo un lugar propio, tengo muy pocas pertenencias. Mi ropa no tiene nada de indie o de hipster o lo que sea. No hablo inglés y googleo las traducciones para saber de qué están hablando. Y estoy bastante sola, claro. Pero estoy segura de querer estar acá, de seguir caminando las callecitas de Buenos Aires que tienen ese qué se yo...de seguir cruzándome con chicos de sonrisas tontas, o de pestañas bonitas, o dulzura impecable.
No fue fácil elegir quedarme. Pero la vida es un montón de decisiones, y yo prefiero abrazar las que tomo. Abrazar la ciudad.
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Big bang
Yo cruzaba toda la ciudad, primero tomaba el subte, después un colectivo. Era invierno, caminaba por la plaza helada, doblaba en una esquina, compraba en un kiosco. Me acuerdo que vos me decías que entendías eso de la arquitectura de la mentira, que tenía sentido, pero no era todo. Si para lo formativo, para el inicio, pero no para todo el bagaje. Ponías el agua, fumando, me ofrecías un café. Yo te explicaba eso de tomar los elementos, unificarlos, desembocar en otra cosa; un significante con múltiples significados. Vos mucho no creías en eso. Siempre que te mostraba algo sabía -siempre- que lo ibas a pulir, sin rodeos, a fondo, marcando el estilo, sin eufemismos, tachando, con una lapicera roja. Vos escribías bien, demasiado bien. Eso me gustaba, crecía leyéndote, aunque no me dejabas. Muy poco pude leerte, tenías espesura, te deslizabas de línea en línea como huyendo de algo, de alguna historia inconclusa, con una musicalidad inalcanzable. No me dejabas leerte porque decías que no era objetivo, que no eras idiota; sin mirarme, olías mi obsecuencia, yo me reía. Me decías que tenía que llegar al chan-chan de mi tango, que a veces lo silbaba demasiado fuerte, otras bajito, fuera de tono, con la mirada pérdida. Que en ese pozo donde yo creía tirar escombros, miles de escombros, no tiraba nada, solo papelitos, bollitos, cenizas; que el edificio que yo creía estar construyendo era insípido, vacío, un armazón de arena, que podía pararlo, mirarlo por un rato, unos días, pero no iba durar mucho, quizá una semana, dos, un año, con suerte, pero se iba a caer. Ponías música alta, te acomodabas el pelo, sin soltar el cigarrillo. Seguías leyendo, pensabas, ironizabas, te reías, tomabas un poco de té. Siempre el mismo freno, la misma imagen, el mismo recurso, sin llegar al fondo de la cuestión, lo volvía lento, predecible. Así andaba, predecible por todos lados, repetitivo. Nunca ganaba una discusión, siempre retrucabas todo, y con énfasis ganabas. Y sabias que cuando yo te decía algo serio estaba mintiendo, sabías que no creía en eso, que era un artilugio que usaba de memoria, como cuando me rascaba la nuca. Decías que me sentaba bien la primera persona, que no me gustaba ser extra, que para eso tenía que correrme, hacerme a un lado, mirar cómo se armaba la escena, escuchar el ritmo, y que yo no me iba a rebajar a eso, por terco, obstinado. Y claro, tenías razón, yo estaba obstinado, con el bocho en otra, buscando atar lo suelto, agarrando cada parte, haciéndole un nudo, probando, dejando. Eso ya no era lo mismo, era discontinuo, y yo estaba convencido que sí, que con solo atar las partes se podía seguir camino. Y en realidad me estaba atando los zapatos, solo eso. Siempre te dije que lo que más me gustaba de tus líneas era cómo llevabas la tensión al mango, y en unos instantes, le rompías la cabeza al que leía, con algo de otro planeta. Ese Big-Bang que armabas, intenso, explotaba en un momento impensado. Y qué quilombo hacías, eh! Bien tuyo y de nadie más. Todo volaba por el aire, no te daba tiempo a cubrirte, porque no lo veías venir, yo no lo vi venir. Te reías a carcajadas limpias, cuando te decía eso del Big-Bang, te revolvías el pelo, te pintabas las uñas.
las cosas salen
Qué esperanza tienen los que escriben un poco todos los días y esperan un rayo, un trueno, algo que ilumine un par de líneas o ninguna. Acá en Balvanera tengo un balcón con un par de plantas, algunas murieron por torpeza mía, otras siguen firmes, a veces me acuerdo y las riego, a la noche, a la madrugada. Yo soy de esos que esperan un rayo, un trueno, mientras tomo un mate o leo alguna novela. Siempre voy pidiendo perdón, a todos lados, creo en los abismos, y en los caminos de polvo. Me arrepiento, porque siempre que pasa el tiempo, uno se arrepiente de lo que no dijo, de las frases, de las miradas que no registre, y después es tarde, siempre es tarde. En el medio me voy distrayendo con otras boludeses, que nunca suman ni restan pero incomodan. Y ahí en ese punto, pienso, escribo, borro, leo, descifro, intento, me quedo a un costado, las cosas se acomodan, con el tiempo, y nunca salen de una, pero salen. Lo pienso cuando salgo del diario. Y cruzo a los radicales, los carros de los cartoneros, los actores, y doblo la esquina, por Entre ríos. Subo a un taxi que tiene olor a pino, digo la dirección equivocada, la cambio varias veces, me bajo a la cuadra. Voy cambiando sobre la marcha la táctica, el planteo. No me conformo, nunca. Me putean, acepto lo recibido, me rio, me puteo. Me levanto a la madrugada con los gritos de los borrachos de abajo, que arrancan a las piñas y siguen hasta que uno muera o se vaya, con las botellas que estallan y la cana que llega a repartir, y reparte, sin mezquindad. Y ya no puedo dormir, pongo la tele, el noticiero, muere gente, alguien gana la quiniela y no se presenta, y eso, apago, prendo la luz del escritorio, preparo el día, pongo música. Las cosas salen, je.
Docentes
Todo es una foto
Los días no pasan, pongo la pava. Me siento a esperar, me acuerdo de la pensión, de ese bolso azul. Los caminos. De esa tarde. De ir y venir, siempre, bajando y subiendo. De tu mensaje indescifrable. La simpleza y su multiplicidad, todas sus facetas ocultas. Ya no pido tanto. Me río, falseando, así, por las dudas. De no contar todo, esa puta costumbre, de guardar las palabras como cuidándolas, de los demás, de la rutina. Me siento a esperar, a orillas del río. El agua está. Voy caminando, me rasco la nuca, sin pensarlo, saludo. Pateo una piedra a la bocacalle. Salto un charco, me mojo. Voy pensando en otras cosas, cruzo la calle por la mitad. Siempre espero más, y me veo en el medio, siempre ahí. Me tomo un mate. Esa tarde en plaza de mayo, esquivando palomas, yo hablando pavadas, como siempre, vos riéndote. Los desencuentros, y los amigos que ya no veo, y todo se envuelve en ese trajín, que te va distanciando, y quedamos pocos, aguantando. Siempre me estoy yendo, sin saludar, y vuelvo después. Me tomo una cerveza helada, con amigos, al lado de un fuego, mirando la ciudad, y sus luces, la luna que baja, besa el piso y vuelve arriba. Canto una canción, bajito, para no irme de tono, me voy a la mierda. Las imágenes que se van dibujando, entrelazando, con todo su vigor, y las pesas del pasado. Tengo que volver. Siempre estoy en eso, con un libro empezado, en el bolso, y ese andar desfachatado, desprevenido, de todo, de nada. La cadena de significantes, y tus demandas heterogéneas, que nunca puedo unificar, y esos días que me acuesto temprano, apago todo, y me quedo pensando, en nada, en todo. Destapo una sonrisa, una carcajada. Y el gusto a poco. Me levanto, escribo algo, borro. No puedo plasmar las ganas, pero qué convencido que estoy, como nunca, como siempre.
Quizás porque
El otro día pude comprar un libro que quería leer hace rato. El nombre no importa. Y tampoco importa que la muchacha que me lo iba a prestar, no lo hiciera. Se olvidó. Antes de venir para San Nicolás, en retiro, pregunté en varios puestitos que siempre tienen de todo, pero no lo que buscaba. Después al final, casi escondido, encontré uno y pregunté, ya sin esperanza, apurado porque mi colectivo ya estaba en la plataforma. La piba que atendía, me miró, pensó, se tiró atrás y lo sacó como si lo hubiera pescado del río. Nos reímos. Yo le dije que no estaba en condiciones de pagar tanto -y digamos- no es que el libro no lo valiera, y di vueltas hasta provocarle una mueca. Ella dudó, un rato, la gente se estaba subiendo al colectivo, le dije que ya no había tiempo, que todo estaba en sus manos –el libro inclusive-. Subí al colectivo, no había comido nada, ya eran las tres de la tarde, se me había pasado el almuerzo, y ya sentado la panza me hizo acordar. En el asiento de atrás, iban un pibe y una señora, que tampoco habían comido, pero fueron más precavidos y se llevaron una vianda. Sacaron –todo por mi olfato- unas papas fritas que me ametrallaron. No importa, me dije, en tres horas estoy en la terminal. Yo odio las terminales, son grises, y siempre hay gente esperando algo, o a alguien, sentadas mirando sus relojes, el tablero rojo, impacientes, acodados a las ventanillas, mirando por los ventanales, desilusionándose a cada rato, esperando los carromatos de dos pisos. El humo de los cigarrillos, y la televisión a todo lo que da. Y una voz que anuncia la llegada, y el egreso, y las postergaciones. ¡Las postergaciones! Y todo eso que esconde una terminal (que real mente esconde muchas cosas), barajadas en esa rutina diaria que no vemos, porque siempre estamos de paso, pero que otros conocen porque la viven y reniegan de todo eso. El que vende gaseosas me lo dijo, por lo bajo, pero me lo dijo, y yo no supe que decirle, no supe como palmearle la espalda, el ánimo. Ahí viven esos tipos, como el de la gaseosa, que se ganan la vida, y parte de mi se queda ahí, con el de la gaseosa, el que labura en la estación de servicio, que agarra el surtidor a las cuatro de la mañana, y no llega a fin de mes, con el del peaje que toma mil bondis, cada vez que los veo me quedo con ellos, un poco de mi se queda a su lado. Siempre denostados, escupidos con miradas rancias, laburando la noche, la mañana, el día, y las miradas por arriba de los hombros, solo eso les queda. Para volver paleando una tristeza, inexplicable, detrás de los ojos, con el lomo cagado a golpes, eso que muchos no entienden. La mina que va en el tren a limpiar casas, cansada, sin mirarse al espejo, pero sabe que no quiere más eso, pero sigue, se levanta, y deja los fracasos por un rato, para que la suerte se le cague de risa, y después vuelva y todo sea como antes, con la luna que cae y el día que termina, y así, así, de oscuro todo, por eso, quizá soy amigo de ellos y me quedo, me quedo un rato, con la mirada perdida, como tomando impulso, tomando ese valor, que a veces no tengo, pero que tanto busco. Ahí parado con el tipo de las gaseosas que me contaba sus tristezas, su descalabro. Y sus días de felicidad y tormento lindados por una fina línea que no se deja ver. Me lo dijo, así, por lo bajo, pero me lo dijo, y me contó tantas cosas, y subí tarde al colectivo, me putearon, me refugié en la butaca nueve, ahí en la ventanilla. Yo viajaba porque mi hermano más chico terminaba la escuela y se hacía esa fiesta que todos hicimos alguna vez cuando terminamos la puta escuela, y que - luego de una noche vertiginosa, de alcohol, y bailar con las viejas al principio, para después buscar minas lindas, con un vaso en la mano, que siempre resulta poco, y uno pide y le niegan, y una mina termina doblada en dos en el baño, y nadie quiere ir a buscarla, y el humo que siempre tira el idiota que pasa música, y las puteadas con los mozos, que nunca tienen la culpa pero son la cara visible, y la comida que tiene aires sofisticados, y todo eso- después nadie recuerda. No tenía traje, y esa era la cuestión que intentaba solucionar mediante mensaje de texto, hasta que me informó un cartelito que no tenía eso que llaman crédito. A partir de ahí me puse a leer el libro. La chica le bajó el precio, y yo le prometí que a la vuelta iba a brindar con ella, con una sidra. Pero que íbamos a tener que esperar que se enfriara en el bar que estaba enfrente. No sé cómo se llama, pero me dijo que iba a estar ahí. Leí cien páginas, me sumergí rápido, evitando el hambre y las papas fritas de los de atrás. Pensé en pedirles pero después reusé a esa idea. Qué confianza podía establecerse en un colectivo, para que un tipo se de vuelta y te pida tu comida. No, absolutamente ninguna. Esa mañana había ido al Ministerio a presentar unos papeles para un trabajo. Me dejaron presentarme pero no hicieron lo mismo con mis papeles. Me faltaba, no sé qué cosa, buena suerte y hasta luego. El papelerío siempre es complicado, y leer los anexos no es divertido, y los que escriben los anexos se me hace que tampoco son divertidos.
Llegué a la terminal de mi ciudad, hacía calor, y había mosquitos, que ya los había olvidado. Bajé las escalinatas, miré el bar de enfrente y ahí estaban los viejos de siempre tomando un vermut, jugando a las cartas. Enseguida me invadió la tristeza, tanta tranquilidad me da tristeza, a dónde está el quilombo, y el humo de los autos, y las puteadas, cómo es eso que hay gente en la vereda con las camisas abiertas mostrando sus panzas blancas, haciendo visera para evitar el sol. Tomando mate. Me senté a un costado con mi bolso azul –algún día voy a contar las historias de ese bolso azul, cuando me las acuerde bien- para aclimatarme al cambio brusco del colectivo. Tengo tantas historias para contar, que siempre olvido, y no me acuerdo el principio pero si el final, y después me acuerdo el principio pero no el final. Por eso no las escribo, no valen la pena ni el esfuerzo. En un segundo, mechado con el calor, y los mosquitos, y la tristeza de la tranquilidad, me acordé de la estación de servicio, el otro día, cuando entré a mear, y a mojarme la cara, con la capucha puesta, de mi campera marrón. Después caminé sin sentido por la avenida Entre ríos, recordando al pibe que jugaba con el diábolo bronco, yo nunca lo pude tener, y arrancaba y se le caía y arrancaba y se le caía. Qué quería decir esa imagen, porqué lo había mirado tanto desde la mesa, con la cerveza caliente. Era cansadora la persistencia del pibe, cansadora y motivadora, por otra parte. No negociaba con su cansancio, arrancaba una y otra vez. Después se paró mucha gente, me distraje y lo perdí. No lo vi más en toda la noche.
Crucé la calle y me compré una tarjeta de crédito. Hablé con Fausto, estaba todo arreglado, tenía que pasar a buscar el traje a la tarde. Él no iba a estar, se lo dejaba a su vieja. OK, le digo, pero no podes estar durmiendo a esta hora. Me generó envidia. Y nada tiene que ver con eso de la envidia sana, eso no existe. Ya lo discutí en varias mesas, voy sumando adeptos. No voy a repetir todos mis argumentos. Me faltaban los zapatos. Igual, eso no me preocupaba, tenía ganas de ir en zapatillas, ya ponerme un traje me incomodaba por todos lados, imagínense un par de zapatos de otro, no, era traicionarme demasiado. Mis zapatillas estaban bien, decidí, en ese momento. Me llegó un mensaje de un amigo, preguntándome si había llegado, y todo eso. No le contesté. Quería ver a mi perro Beto. Es de la calle, mi vieja lo rescató casi moribundo, no tiene ni un año. Bajito, con el pecho blanco, el lomo amarillo, y unas uñas muy filosas. La fiesta pasó, mucho no me acuerdo, siempre hay alguien que te hace acordar, o te etiquetan en el facebook, acodado a la barra, arruinado, diciendo pavadas, o con el seño fruncido, o mirando la nada. Y fotos, y comentarios, y todo eso. Ya estoy arriba del colectivo, me olvidé la sidra, estoy leyendo el libro, que me llevó a puentes y tiendas y paisajes y tabaco, me olvidé la sidra, pobre piba, con el calor que hace, la tenía en la heladera, seguro que estalló, estoy pensando que historia contarle, nada épico; decirle que la tomamos con los choferes, que no pude decirles que no, que después la compartimos con los gendarmes que nos pararon en la ruta, y así pudimos seguir viaje. O decirle la verdad, que nunca tiene nada de épico; que no se deja querer ni un poquito, que delata el olvido, la poca importancia de las cosas, sirve decir la verdad, me pregunto a veces, se guarda linealidad, no tiene un puto vaivén, y descansa en cierta tranquilidad que atormenta, que molesta, prefiero mentirle para que se ría y no me crea, y me olvide, como todo, como a la verdad. Como yo que me olvidé la sidra, la puta madre, y las llaves de casa.
Aportes para el debate
Otra vez
Una vez, en una peña universitaria, estaba desplegando todos mis artilugios, de oratoria, claro. Ya cuando a esas horas mucho no importa lo que uno dice; si conjugas tres verbos seguidos ya es un logro, y, si encima, metes dos o tres frases armadas, te llevas un par de aplausos. Bueno, eh, a donde iba….no sé, mucho, mucho, no me acuerdo en qué terminó todo eso. Si que al final, medio que nos fuimos rápido del lugar, medio apurando el paso, el clima se volvió hostil, después viscoso, cuando dije….bueno no me acuerdo. La muchacha ojos de tiza, no de papel, perdón, la perdí en esa corrida bancaria. Pero sé que la vida no es fácil -ojo soy un muchacho triste, eso lo tengo claro-, pero igual tengo un poquito de sentido del humor. No supieron interpretarme. Una vez (otra vez), desperté al ladito de las olas, en Mar del Plata, les aclaro yo nací ahí, después de una noche de gira, y, claro, una borrachera espantosa. Ya estaba en esos años los operativos pelotudos de Scioli, que sigue siendo, también, un pelotudo. El sol medio que me había ganado la batalla, bah, la ganó. Lo bueno es que no entendía nada. Ya vamos hablar de política, amor. No te enojes conmigo, que para eso ya estoy yo. Dos no. No da. Una vez (otra, otra vez), me preguntaron vos sos el que escribe en el blog, ese, eh, ese, si el que escribe boludeses, je. Creía conocerme, pero bueno, le expliqué que en la vida no todo es verdad, y esa sensibilidad que rodea al mundo también se toma vacaciones, aunque se puede, en fin, ser también un insaciable. No sé que más me preguntó, yo que soy vanidoso, pero le pongo un disfraz para que no se note, conteste otra cosa totalmente fuera de la cuestión. Creo, en fin, que la piba no lee más esto. Suele pasar, suele pasar. Una vez (otra, otra, otra vez) me puse mi mejor camisa, y me tomé el tren para ir a buscar a una mina, después mucho no funcionó la cosa, pero la pasamos bien. La cuestión es que le erré al tren que tenía que tomar, hoy es todo risas, pero en ese momento no era todo risas. Otra vez, en una fiesta en la que habían cortado la calle, y se inauguraba una unidad básica, yo me senté, después de pelearme con todos los que me venían a comprar a la parrilla, en el cordón de la vereda. Tanta veces denostado, dejado de lado (de ahí viene mi devoción a los cordones de las calles). Tenemos esa épica que no siempre resalta, que espera una pincelada, a tanta grisura, a tanta frialdad por la noche, pocos entienden a veces de qué carajo hablo. No importa. Siempre digo no importa. Y ahí estaba yo, sentado como siempre en el cordón, con una cerveza helada, que miraba cada vez más de abajo. La noche estaba hermosa. Una brisa de aire fresco me pegaba de todos los costados, así como desafiante. Ya estaba cansado, crucé mis piernas, con mis manos sobre las rodillas. Metiendo un trago, dos, tres. Dejando pasar las horas, cantando una canción, la marcha. Yo la esperé sentado en el cordón de la vereda, con una cerveza, sin épica, sin resquemor, con un dolor en la espalda terrible. La esperé sentado en el cordón de la vereda, con un vaso vacío.
Servilletas de papel
Te explicaba, el otro día, que las cosas no son tan fáciles. Y ya te lo dije, las cosas son siempre mucho más complejas. Los tipos sensibles vamos por la calle, tocando con los dedos las paredes, salteando los marcos de las puertas, cantando una canción. Es así, te dije, los perdedores tenemos estas cosas, nos cagamos de risa de todo, y de todos. Y también se nos cagan de risa. Escribimos en servilletas de papel, en los bares de paredes ásperas, y pedimos la cuenta cuando cierra. Nos cuesta el punto y aparte, vamos siempre pensando en esa mina que no nos dio bola, y nunca nos la va a dar. Nos gusta la madrugada, pero también la odiamos, evitamos la linealidad, y amamos la simpleza, esa que es la más difícil de conseguir. Nos contradecimos, y vamos y venimos, y peleamos, y que se yo. Y defendemos una inconstancia, sin sentido. Y abandonamos, y empezamos de vuelta, y volvemos a abandonar, cuando todo parece estar signado al éxito, dejamos todo ahí. Si, ya sé, no entendés, no importa.
Registrar cada segundo

Tanto caminar, tanto discutir, tanto luchar. El devenir, la historia que nos cruza como un rayo; en días de soledad, tristeza, llanto, alegrías, risas. Se me dibuja una sonrisa, aunque a muchos se les desdibuja, y putean a la mayoría, igual que ciertas plumas, que mordieron la banquina hace rato. A mí me chupa un huevo. Yo estoy contento y me permito disfrutar de esta época, abrazarla, llevarla a pasear a todos lados, no dejarla respirar, caminar por la calle, saludando con el pecho inflado, y me rio a carcajadas, largas, me empacho de risa, me rio, porque sé todo lo que costó llagar a esto, a este grado de felicidad, que no se alcanza nunca a tocar del todo, pero que hoy está más cerca, se deja ver. Me subo a los taxis, y escucho a los tacheros escupir mugre, y me vuelvo a reír, y les digo todo que si, usted puede cambiar el mundo pero déjeme en la esquina. Me pongo la bandera sobre los hombros y soy invencible, con mis compañeros, con el pueblo, abriendo paso a las esperanzas que muchos perdieron, otros la sacaron del cajón, de abajo de la cama, la desempolvaron, y me quedo colgado mirando, buscando retenerlo todo, no olvidarme de nada, de sentir ese calor, que envuelve la atmósfera, el aire. Registrar cada minuto, cada instante. Y me retrotraigo, me miro las manos, como sin entender, me subo la campera hasta arriba, con las manos en los bolsillos. Me paro a un costado. Comparto mesas hostiles, me enojo, puteo, pero en realidad, me rio de todos. Esas miradas por encima de los hombros me rodean; buscan voltear mi compromiso, mis ideas, mis banderas, mi convicción, no hay caso, che, no sigan, no van a poder, y menos con discursitos de cartón pintado. Me duele todo pensaba a la noche, pero que dolor lindo, de esos que son únicos, rebeldes, que te queman el alma. Pongo una canción, me relajo, canto bajito, y me vienen imágenes hermosas…
A nadie le importa lo que digas Tu casa ahora está a oscuras Las cosas cambian, Se modifican. La construcción mental que te mantenía en ca...
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--Todo esto es nuevo-- Del calor, el frío, De los pasos, la parálisis, El viento se instala en tu corazón, --Un barco vacío busca ll...
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A nadie le importa lo que digas Tu casa ahora está a oscuras Las cosas cambian, Se modifican. La construcción mental que te mantenía en ca...