El vagabundo que está llamando a tu puerta tiene puestas las ropas que tú llevaste una vez. Colaboraciones alias: fedepits
Mi próximo movimiento
Le mando un mensaje a mi hermano, a la madrugada, le escribo, cuando vuelva vamos a tomar una cerveza en el techo de casa. Me pregunta si estoy borracho. No me acuerdo. Vamos a tomar una cerveza en el techo, tenemos que ver cómo subimos, yo tengo un leve plan, pero no sé, hay que ver.
Hoy llegué y subimos al techo. Fuimos al garaje, donde mi viejo guarda todo lo que no va a usar, y sacamos su escalera. La que se compró después de que rompió la baranda de la cucheta que usaba como escalera. Esto es un desafío le digo a mi hermano, que está tan entusiasmado como yo. Los perros también quieren subir, pero no saben cómo. Nosotros también queremos subir pero tampoco sabemos cómo. El patio tiene una galería y más atrás un baño. Por las tejas no podemos subir, porque no soportan el peso de seres humanos. Decidimos subir por el techo del baño, ya estamos con la escalera. Sostene le digo, como si en sus manos depositara mi vida, como diciendo mira que si me caigo es tu culpa. Subí medio temblando, no había pensado en el temor, aunque creo que pienso demasiado. Mi viejo me lo recuerda todo el tiempo. Ya arriba, le digo que suba, demostrando seguridad. Pienso que no hay que tener seguridad, solo hay que mostrarla.
Con eso alcanza, y alcanza a los otros. Cierro el paréntesis. Mi hermano sube, creo que es más hábil que yo. Ahora miramos y soltamos una risa, como cuando éramos chicos, somos, no queremos dejar de serlo. Bueno, hay que pisar el techo del quincho, al costado están las tejas naranjas de la galería y después viene el techo de la cocina, que es un techo a dos aguas. Pienso en el peinado de un amigo. Hay que tener en cuenta que los techos son terrenos desconocidos para casi todas las personas que habitan sus propias casas. Poca gente se sube a su techo. Yo subí con mi otro hermano una sola vez, después de una pedrada, que tapó las canaletas y nos inundó la casa. Me acuerdo que, cuando subimos, estaba Mario, un vecino que ahora no vive más al lado. Y que, además, después se peleo con mi viejo, como (casi) todos los vecinos. Mario era un pelilargo, bastante nabo, que, recuerdo, nos preguntó si subíamos a sacar las piedras de las canaletas. No, subimos a jugar al ludo matics, le dije. A partir de ahí nunca más me saludo. Yo si para molestarlo. Ya está, pasamos el quincho, atrás las tejas naranjas, atrás Mario y su pelo largo, atrás el techo a dos aguas. Ahora, según el diagrama de la casa, viene el otro garaje, el que vendría a ser también el frente de casa. Ese techo tiene membrana le digo a mi hermano, como si fuera un terreno más seguro. Llegamos y está la membrana, no se la robaron. No se ve mucho para la calle porque el frente de la casa tiene un cordón que no deja ver. Si, se ve el árbol de la calle y se ve el edificio de enfrente, pintado con esos colores que nos castigan todos los días, un verde alga y un marrón sin vida.
Estamos en donde vamos a tomar la cerveza.
La cerveza está abajo.
Hay que bajar.
Hacemos todo el recorrido de vuelta. La escalera está en su lugar. Esa escalera tiene una anécdota. Una vez un plomero vino a casa a cambiar el termotanque. Yo y mi hermano estábamos en el jardín, porque mi vieja nos pidió que observemos a los plomeros. Estábamos tirados en el pasto y el sol nos vigilaba a nosotros. Y la vida es sabia. Y la vida pega cuando pegás demasiado. Uno de los plomeros, que era el que más sabía y era el más capo de los dos, se estaba pasando, quizá de capo. Y verdugeaba a su co-equiper. Un gordo humilde, con barba crecida, bueno. Demasiado. Que tenía un gorro de lana en la cabeza y en las manos un zamba. No me acuerdo cómo se llamaba el más capo, pero vamos a ponerle Vargas. Vargas estaba arriba, en el techo, y le indicaba al gordo que estaba abajo, que tenía que encajar el caño del nuevo termotanque. La cosa se fue poniendo espesa. Vargas le decía… y papi, subilo, papi, bajalo, papi, dale, papi. Y al gordo le temblaban las manos. Nosotros escuchábamos. Deja que me bajo y lo hago yo, ametrallaba Vargas. Haciéndose una panzada con el gordo. El gordo decía que no, que necesitaba un poco de tiempo y que no le indicara todo junto. Yo quería ir y bajarlo a piñas a Vargas. No sé mi hermano, pero creo que también. De vuelta el…y papi, me extraña, papi…
Y cuando Vargas iba a bajar para humillarlo al gordo manos de zamba. Esa misma escalera, por la que mi hermano y yo vamos a bajar, lo abandonó. Y Vargas, el que era el más capo, el del… y papi….me extraña….Quedó colgado y casi llorando… Y gritándole al gordo manos de zamba. ¡vení, dale, boludo, que estoy colgado!
Yo, si hubiera sido el gordo manos de zamba, lo hubiera dejado colgado, me hubiera parado, a mirar, con los brazos cruzados, por arriba de la panza y le hubiera dicho: Y papi, me extraña, papi, eh. Nada de eso pasó. El gordo manos de zamba, fue corriendo como mujer golpeada, y perdonó a su golpeador. Y Vargas no se cayó y tampoco sufrió lo suficiente. A partir de ahí, con mi hermano, siempre que algo no nos sale rápido decimos: Y papi, me extraña, papi.
Estamos por bajar y los perros nos miran. Están contentos de vernos. Bajamos y yo le voy contando algo a mi hermano. Vamos a la cocina. Abro la heladera y la tapa del congelador se me viene encima, la atajo y saco la cerveza, con la tapa en la mano. Después pongo la tapa, eso lo venimos haciendo hace diez años, más o menos. Sin vasos, coincidimos. Hay que subir las sillas que mamá sacó con los puntos de la Shell, esas que son amarillas y son buenas. Tenemos el celular para poner un poco de música. Yo subo, estiro las manos, agarro la cerveza, que era lo principal, después una de las sillas amarillas, después la otra. Sube mi hermano. Hacemos el recorrido y llegamos de vuelta al techo con membranas.
Ponemos las sillas, que hacen el ruido de playa. Pero no. Acá no hay arena, acá hay membrana. Y ya estamos le digo, viste que lo íbamos a hacer. Asiente. Yo le pido que ponga una canción que está en mi celular, una de las bandas que más me gustan de este tiempo. Primero porque son independientes, después porque tienen olor a nuevo. Como cuando eras chico y te subías al auto nuevo que compraban tus viejos, me acuerdo del Imola. No lo tuvimos mucho tiempo, pero yo veía la felicidad de mis viejos y sabía que eso era algo importante. El sabe de qué banda le hablo, es el Mato a un Policía Motorizado, son de la Plata, le digo. Sí, me dijiste veinte veces. Poné mi próximo movimiento, indico. Empieza y el tema es todo esto que hicimos, nos falta el rifle. Destapo la cerveza y ya cayendo la tarde, un vientito viene del río. El edificio feo de enfrente está lindo, quizá es la cerveza, quizá la tarde. La membrana del techo está caliente, le digo a mi hermano, suena el Mato, voy a subir al techo a ver, a mirar el desastre, bajo la luz de la luna gigante.
Edenor
Llegué del diario,
No hay luz en mi casa,
Decidí enojarme.
Me saco la camisa,
La tiro a un costado,
siento la vista cansada
Camino en la oscuridad
hasta la cocina,
Prendo la hornalla,
pongo agua para el mate,
Estoy solo,
Yo,
y el corte,
Levanto un poco los pies,
miro por la ventana,
En el hotel de al lado
también hay corte,
No es mío,
Es
De
Todos...
Mujeres bellas y fuertes
La mirada perdida en un sillón. Alguien se comía la charla,
contando del barrio, los puentes del Estado, las calles internas, las arterias
subdesarrolladas. Me quería ir. Necesitaba aire. De calle. De noche húmeda. Me
arranqué del espejo del ascensor. Afuera llovía una noche de verano, con un
aire de fin del mundo, de despido, de ciudad enorme, de volante para salvarse
de la rutina. El agua se iba por las bocacalles, suicidándose, mezclándose con
la basura del día, se escurría. Crucé
por la calle de la pensión, donde comíamos arroz blanco, con lo que había, con
un plato para todos, sin esperanza en más. El estudiante del ahorro, de la
pelea en pasillos de facultades públicas, en los baños con charcos de meada, se
respira las ganas de salvar el barrio, con las manos juntas como tomando agua
de una canilla, para salvarte de todo eso. Y llevarte a otro lado, sin la
confianza de ser lo mejor. Sin la confianza en nada. Escribiendo frases cortas,
en bares, en servilletas, en manteles de fondas, en paredes. Sin atar a nadie,
sin conservar ni un recuerdo, sin mirar los talones. Siempre con un bolso azul
recorriendo avenidas, de dos manos, como
una paradoja, como una risa al aire, la ciudad que nos pasa factura, que
nos pide pagar una deuda, de vidas pasadas,
de eterna disculpa, con lo que fuimos, con la sombra que nos sigue. Una
disculpa eterna que ya no tiene palabras, ni discurso, ni pared para pintar su
último deseo, ganándole una cerveza al chino de la cuadra. Para festejar otro
día de supervivencia, de labios estirados, de la piel blanca. Fuimos el barrio apagado después de un
carnaval eterno, con los vasos de plásticos, las lámparas de colores, el cuerpo
nos pasó la factura del frío, de los talones fríos. Como un aviso, como
marcando el camino, el desenlace lineal, de errores.
Y el agua caía como la esperanza de los pobres.
Tus ojos adolescentes, con el miedo de perderlo todo, de
golpe, de un tiro, derrapando en la banquina. Sin garantías para nada, para
estar de pie, en el quirófano donde descansan los cuerpos, en camillas heladas,
en los túneles de luces blancas, de silencios eternos. Un dique a la tristeza.
Una gaseosa sin etiqueta, un café sin azúcar, un teléfono sin crédito. La senda
peatonal que nos divide, que nos deja con la mirada en lo que hay que cruzar,
con el paso para atrás, con el mentón erguido. Con un miedo de película. Y
empieza el nuevo día para los trabajadores de rieles, de metales, de autopartes,
de manos dolidas. Y empieza la canción
del cemento, del 1,25, de las mujeres bellas y fuertes, que esperan en las
esquinas, en los bancos, en las filas, en el hueco de un árbol, esperando pagar
sin desgracias, sin lo espeso.
Caía el agua, por los toldos, por los carteles iluminados,
por los cuerpos de los edificios, esperaba un taxi, un colectivo, para subirme,
para andar, para parar de pensar, para llegar a ningún lado.
No me importa
Nadie nos va a raspar los talones del vuelo. Con las manos
llenas, de aire, mirábamos por la terraza, con los ojos en modo lento. Las
macetas, de plástico, con el verde y el naranja, las membranas del corazón, capas y capas. Hay grietas.
Varias grietas.
De subsuelo.
De playa de estacionamiento.
De líneas, de columnas, de silencio húmedo.
Nadie nos va a raspar las ganas de ser geniales. Era un
peso, irremontable, cuando te miro la parte de atrás, el descuido. De espaldas, a los días, de
espaldas, somos todo lo que no queremos mostrar. Somos el descuido. De
espaldas.
Con las manos hundidas en manteca.
Manteca, manteca,
manteca.
Que se cae por las grietas.
El subsuelo, de la playa
De estacionamiento.
Somos geniales.
Nadie nos va a raspar el desamparo, ese toldo de chapa,
cagado a golpes, por piedras, por ramas, por
la vida.
Manteca, manteca, manteca.
El desamparo nos dejaba con los talones hundidos, en lo que
fue, en lo que podría, haber, sido. O solo, dos pies hundidos, en barro, en
cal, en arena, en una membrana, de corazón. Absorbe, manteca.
Los cables, que eran ríos, desde la terraza, las ratas que
corrían por los ríos de cables, el descanso de la calle, el subsuelo, una
esperanza roja, como un hombrecito, enjaulado, para siempre, con la ropa roja,
para siempre.
Nadie nos raspó los talones, los desgastamos, con las
piedras, del cemento, del cordoncito, el suave andar. Nos enfrentamos, nos gastamos los pies, nos
enfrentamos al ejército.
Caímos
Con los talones intactos
Con menos membranas.
El techo de los días
A la noche cuando quiero dormirme sin levantar sospechas, una
costumbre, perdida en un cajón, miro por la ventana, por el techo de los
días, como esperando que venga el día, como una maceta muerta, de un balcón que
se cae. No quiero ponerme oscuro, ese lugar en el que no explico nada, cerrando
y abriendo ventanas. Tengo una voz que me dicta todo lo que escribo, todas las
preguntas anotadas de pasada, ese lugar en donde uno se desvanece, el vacio que
nunca se llena, escribir desde la debilidad, esa mirada. Es una mierda. Mirar
las cosas siempre con un ojo entrecerrado, siempre sospechando, que me esquivo,
falto a mi fiesta, vienen todos, pero yo no entro. Me quedó en la puerta. Con
preguntas sin respuesta, con respuestas para nadie. Mirando las manos abiertas,
con los dedos suspendidos en el aire, miro el piso. Lo único que tengo es una
risa, que a veces se me cae, como una sombra enceguecedora. Y me cuestiono, el
espacio, mis pensamientos, mi caída en un mar de miradas. Nunca quiero explicar
nada, me parece demás, y las preguntas, y las ganas de que responda con algo
que quieren escuchar, y miento, siempre que puedo miento, y me aburro en la
esquina de la certeza, donde está todo en camino, por tierra, por el costadito,
siempre, por ahí, te guiño un ojo. Doy una vuelta en el aire, zafando,
desafiando mis contradicciones, todos los tipos que soy, todo lo que no digo,
las cartas que tiro en los buzones del alma, sin remitente, sin cerrar el sobre
de la ternura, de las ganas de devolver un poco, un poco de todo. Sin correr a
otros lados. El mundo que te prometo, que lo estoy pagando en cuotas. Con
unas ganas de que se sostenga de una punta, con el dedo índice y el pulgar,
apretados. Que ganas de que se sostenga, un poquito, sin que duela, sin que se
estire, el instante, sin forzar el caminar, que te enseña el andar perdido.
Buscando, siempre buscando, una salida de emergencia, un minutito afuera. Con
la simpleza del barrio, con la frente blanca, que se mete en la avenida de las
pasiones, no tengo mucho. No quiero más que eso, dejar las carretillas de
culpas, los pájaros no dejan huellas en las nubes. Y soy todo eso, y no soy
nada, esa parcela, esa esquinita, donde todos creen conocerse, donde todos se
miden con las miradas por arriba de los hombros, donde todos se miden su
historia, adulterada, incompleta, de derrotas. Y no la cuentan, la pasan de
largo, rápido, como si fuera la muerte, como si les doliera equivocarse.
Perder. Perder es no perder nunca, perder es que todo vaya bien. Siempre bien.
Cuando todo está muy bien, algo en el lado que no se ve se está pudriendo, se
está arrugando, con la zona áspera que no se cuenta. Ese lugar incomodo. Pedir
disculpas con las muelas apretadas, con la garganta seca. Y caminar, con ganas,
con la voz, intacta, que dicta, que contradice, que reprocha, que se ríe,
cuando vamos cinco abajo, se ríe con la boca bien abierta, con las manos en la
panza, con las ideas en una hoja, con una letra maldita, ilegible, con la risa,
(ja), cuando se caen los estantes, los labios sinceros (ja) sin ser oscuro, sin
subirse al andén de los que desesperan, (Ja), con los brazos partidos. (Ja).
Sin saber cómo termina todo. (Ja). Sin ver los créditos del final. (Ja). Un
teclado con la persiana abierta. (Ja). Esperar a la suerte. (Ja). Con la risa
en el medio. (Ja). Del tango se sale bailando, con altura, con los pies de
barro, con (Ja) el pecho abierto. Y cuidarse de que te vean reír mucho.
Cuidarse de los que te miran atónitos. (Ja). Y reírse de ellos, (ja), de sus
papelitos ordenados, (ja), y la suma, y las andadas, (ja).Y dejar que se te
rían (Ja) (Ja) por la espalda. No es más que eso.
El hecho maldito
El hecho maldito
Por Martín Rodríguez *
Un ideal democrático diría que todo es representable. Cada nota del gran concierto social puede tener su canal de representación, su político, su partido, su “colectivo”. Empieza en la garganta y termina en la urna. Como si fuera posible una sociedad democrática sin intemperies o lagunas, o baches de demandas. Contra esa idea demasiado utópica, las cacerolas también reflejan un síntoma (no el único) de que la democracia incluye zonas vacías, aún vacías, de representación. Digámoslo así: quizá la gobernabilidad kirchnerista incluye ese sonido de intemperie.
Un detalle bastante elocuente de la cobertura del último cacerolazo es descriptiva de una de las dificultades de esa representación: no se podían poner testimonios. No se podía a riesgo de no poder filtrar a algún energúmeno o energúmena que destiñera la imagen colectiva. Porque toda protesta, aun las más espontáneas, intenta dar “una imagen”. El canal TN, vinculado afectivamente a la protesta, redujo la cobertura a un largo paño con imágenes de la masividad y las voces de los cronistas que iban detallando los acontecimientos, las movilizaciones, las consignas genéricas potables. La sensación que se desprendió de esa sana prudencia también incumbe al desafío de una oposición que tendrá –de algún modo– que hacer pedagogía sobre sus representados. Pasar a civilización ese runrún difuso al que TN escapó y que sí fue amplificado a propósito por el programa Duro de domar exponiendo las declaraciones más crudas de la gente al cronista.
Pero no se trata de invertir siempre la fórmula de civilización o barbarie, donde ahora los nuevos bárbaros del orden democrático son los sectores de clase media y media alta que no fueron barnizados por la pedagogía progresista de estos años. No. Esa plaza incluyó muchas cosas, claro que algunas por su consistencia tuvieron más volumen y densidad y se visibilizaron mostrando su relieve más nítido: el de los afectados por las restricciones al dólar. Pero la manifestación absorbió otras demandas en la vía de un reclamo de mayor “transparencia institucional”. La agenda liberal kirchnerista en lo político y su agenda intervencionista en lo económico, por contraste, deduce el perfil de la libertad amenazada que reclaman. Puedo tener el sexo que quiero, pero no puedo tener los dólares que quiero. Al revés que en los ’90. Liberales somos todos. Sin embargo, el telón de fondo estimable de esta protesta, lo que amenaza romper ese dique geográfico tan subrayado (Callao, teflon, dólar) es la inflación. Un malestar que puede alcanzar a sectores más populares.
Pero la embriaguez retórica que cifra gustosamente en clase media y clase media-alta la raíz del cacerolazo limita y condiciona una lectura de la naturaleza kirchnerista para la solución de los problemas argentinos: cuyo populismo real tiene que ver más con la clase media y su ampliación. Un discurso anticlase media puede ser negador de la movilidad social. La clase media es un resultado social, comprende una narrativa familiar de movilidades ascendentes. Y, algo más complejo, su demonización suele hacerse desde sectores de esa misma clase. Peleas de vecinos. Progres versus reaccionarios. Y aunque los energúmenos existen (el “mute” de TN lo confirma, el temor a que se escuchen los “¡yegua montonera!”) también es cierto que esa clase media urbana resulta una distinción excepcional en la región. Somos el país con más tradición de clase media del sur. Y si el peronismo –en versión romántica– es el hecho maldito del país burgués (como decía Cooke) también ahora, de un modo más real y con un peronismo de estricta raigambre pragmática, la clase media es el hecho maldito del país peronista. A su vez, es una clase media que tiene proporciones peronistas, frepasistas, católicas, radicales, laicas, consumistas, antipolíticas y así. Crisol de razas, cuya pertenencia corporativa más aproximada se dedujo en el consumo de ofertas del Grupo Clarín. Un consorcio líquido.
Pero volvamos al leitmotiv del día después: “que esa plaza se organice”, “que vaya a elecciones”. Ese planteo modula la crisis de partidos, más que la crisis de representación. ¿Habrá candidatos en un año que toquen música maravillosa para esos oídos? Seguro que los habrá, porque ya los hubo. Pero el desafío por esas reestructuraciones partidarias enfrenta una dificultad congénita de nuestra democracia: el peronismo, ese elefante que ocupa demasiado espacio, impide la partición republicana en dos partidos de centroderecha y centroizquierda. El peronismo es siempre el mismo, y regula a su modo cuanto de tradición y novedad haga falta, y se disciplina hacia el signo de cada tiempo. Hoy el kirchnerismo llevó esa estructura hacia la izquierda pero conservando su articulación territorial.
Una crónica militante que se extiende en redes y medios nac&pop dicta que esos cacerolazos están poblados con personas de menor cultura política, en la tradición de ocupación del espacio público, y cuya revelación del “sentido colectivo” por el que se manifiestan suele ser menos elaborado, más brutal y racista. Esas plazas tienen algo intraducible, algo de defensa de privilegios de clase en un primer plano y que convive más vagamente con el llamado a una universalidad nacional. Suenan más mezquinas y desafían a la construcción de un discurso más amplio, uno que sí o sí debería incluir –como mínimo– un lugar para los beneficiarios de la AUH. ¿Cuál es el borrador del programa por la positiva?
Pero atenuemos entonces la fantasía de creer en la representación total. La política no es una sábana flexible que no deja nota sin tocar. Y la demanda de representación (campanas que sonaron para el arco opositor) no significa la amplificación de ese abajo, sino la tarea más difícil de hundir las patas en ese yuyo, separar la paja del trigo y sacar sueños posibles en limpio. Porque una interpretación didáctica y simple de esas demandas puede acabar en riesgo de desfinanciamiento estatal. Una sensación: si se les da todo lo que piden, nos quedamos sin Estado. La política debería ayudar a traducir también en gobernabilidad la expectativa de ese sonido y esa furia.
* Periodista.
El horizonte de lo posible
Recién, salía del diario, me compré en un chino una cerveza
helada. Venía esquivando viejas, por la calle. Voy por calles laterales, donde
lo focos se apagan antes, justo, pasé por la comisaria, me cruce delante de una
cámara de televisión, tomando, una brama, ja, como me putearon. Putos, ustedes,
canal 26. Vayan a vigilantear a otro lado. Llegué a la parrilla de la esquina, había
una piba hermosa, con un boludo, importante, después sigue.
Las cosas se solucionan, ahí, decía, donde los sócalos son impares,
invisibles, al tacto de una pared áspera. De noches ásperas. Ahí cuando todo
parece terminarse, en la pared, sin sócalos, sin mucho reflejo, con el aire del
cigarrillo. No hay mucha medida de eso, y mis respuestas, entrecortadas,
siempre voy cortando las cosas, como por partes, atando algo que no se puede
atar, como los sócalos, impares, sucios por miradas rancias. Las cosas se
solucionan ahí, o mueren, para siempre, con un beso al olvido, si es que
olvido. Con la efervescencia de los que dudan, en los que no dudan ni un
segundo. Esos generan cierta desconfianza. Las cosas se solucionan ahí, en los
rincones, en la oscuridad, más oscura de todas, donde la luz no llega a
joder, la charla que concluye en el de
venir de la cerveza, con el humo que se mete, en la conversación, y el piso más
pegoteado, de todos, es el espacio, donde se solucionan las cosas. Para un
portazo, para un derrame de paranoia. Es la sal de los que creen en algo,
siempre incorrecto. No hay salida de emergencia, en los rincones, laterales,
donde lo único que se pierde es el prestigio, de tanta vida de sobra, de tantas
sonrisas gastadas de esmalte. Las cosas se solucionan ahí o mueren para
siempre, y quedan en ese rincón de San Telmo, en un baldosa negra y blanca:
Rincones, quizás porqué.
Hay una idea que se entrelaza sin mucho oficio. Estoy
cansado del oficio. Ya. Estoy incomunicado con todos. Saliendo de la coartada
que inventé, y que vuelvo a inventar cada mañana (mediodía, perdón). La gente
estila a no creer o a creer demasiado, en todo, en cada línea o cable mal
redactado, sin demasiadas esdrújulas porque cansa la vista. Estoy cansado. Pido
un espacio para un verano de refugio, sin demasiada calma.
Estoy leyendo varios libros a la vez. Los apuntes de la
facultad los tengo de apoya vasos. Me aburren. Pablo Ramos, es un escritor
argentino, muy bueno, de esta época. Tiene cierta candencia y un buen vaivén para
narrar una historia desgarradoramente oscura, con hendijas de luz, que no enceguecen,
que están bien colocadas, con la sutileza de alguien que tiene calle, que no se
la contaron, y que tampoco se la cree. El origen de la tristeza, uno de sus
libros, o el último, el camino de la luna, de cuentos, con un prólogo
impecable. La chica de pelo verde, tiene todo el suburbio subido al sur, con el
arma de la palabra, que le pone significado a los significantes. La posibilidad
sublime. Somos eso una posibilidad sublime.
Inscribir todo en el horizonte de lo posible, es una mera,
pero impecable, forma de plantear el camino. En eso venía pensando cuando me
crucé por enfrente del móvil de televisión, a dos cuadras de mi casa, ahhh, la
cerveza estaba helada. Y la china no me pidió cambio, y nos saludamos
amablemente. La parrilla está llena, y Miguel, no me guardó mesa. Me voy, con
mi horizonte de lo posible. Qué linda, piba.
Yo odio las terminales, son grises, y siempre hay gente
esperando algo, o a alguien, sentadas mirando sus relojes, el tablero rojo,
impacientes, acodados a las ventanillas, mirando por los ventanales,
desilusionándose a cada rato, esperando los carromatos de dos pisos. El humo de
los cigarrillos, y la televisión a todo lo que da. Y una voz que anuncia la
llegada, y el egreso, y las postergaciones. ¡Las postergaciones! Y todo eso que
esconde una terminal (que real mente esconde muchas cosas), barajadas en esa
rutina diaria que no vemos, porque siempre estamos de paso, pero que otros
conocen porque la viven y reniegan de todo eso. El que vende gaseosas me lo
dijo, por lo bajo, pero me lo dijo, y yo no supe que decirle, no supe como
palmearle la espalda, el ánimo. Ahí viven esos tipos, como el de la gaseosa,
que se ganan la vida, y parte de mi se queda ahí, con el de la gaseosa, el que
labura en la estación de servicio, que agarra el surtidor a las cuatro de la
mañana, y no llega a fin de mes, con el del peaje que toma mil bondis, cada vez
que los veo me quedo con ellos, un poco de mi se queda a su lado. Siempre
denostados, escupidos con miradas rancias, laburando la noche, la mañana, el
día, y las miradas por arriba de los hombros, solo eso les queda. Para volver
paleando una tristeza, inexplicable, detrás de los ojos, con el lomo cagado a
golpes, eso que muchos no entienden. La mina que va en el tren a limpiar casas,
cansada, sin mirarse al espejo, pero sabe que no quiere más eso, pero sigue, se
levanta, y deja los fracasos por un rato, para que la suerte se le cague de
risa, y después vuelva y todo sea como antes, con la luna que cae y el día que
termina, y así, así, de oscuro todo, por eso, quizá soy amigo de ellos y me
quedo, me quedo un rato, con la mirada perdida, como tomando impulso, tomando
ese valor, que a veces no tengo, pero que tanto busco. Ahí parado con el tipo
de las gaseosas que me contaba sus tristezas, su descalabro. Y sus días de
felicidad y tormento lindados por una fina línea que no se deja ver. Me lo
dijo, así, por lo bajo, pero me lo dijo, y me contó tantas cosas, y subí tarde
al colectivo, me putearon, me refugié en la butaca nueve, ahí en la ventanilla.
Hay días que el diario se vuelve una verdulería. Bueno, no
le digan nada a mis compañeros, los quiero a todos, pero callados. Por Favor.
Un silencio de cementerio, por favor, que, ayer, la noche fue bastante larga.
Te hago dos páginas, para corrientes. La significación de una alfombra llena de
agua, es el horizonte de lo posible. Se inscribe en lo posible. Miro el reloj,
no me anda, no traje el celular. Estoy escribiendo algo largo, extenso, que no
tiene salida, pero que me da cierta salida, a mí, claro. Es simple escribir es
algo solitario, y a la vez liberador, para el que está preparado para que se le
caguen de risa. Me chupa un huevo. Hay salida, estoy en eso. Reinventándome
como siempre a un paso cansado.
En el rincón, con una
cerveza, con el pie en la pared, con la mirada en la baldosa, con el otro pie
pegado al piso. Fue ese el beso del olvido, con la coma en coma, sin aguinaldo,
sin cheque en blanco. Un rincón adverso, como tantos otros, pero este más
adverso, y más áspero y con menos sócalos, y con más sal a derrota, a arruinar
todo sin esperar un vuelto de decepción. Error de un rincón sin luz, con
demasiada sombra. Con el beso del olvido, y un teclado para golpear de noche,
con la ventana abierta. Un rincón.
Reelección
Bueno, digamos, ay, se me metió un auto abajo de la cama, en
el techo, en el placard, la puta madreeee, son las cuatro de la mañana, la
alarma no para de sonar. Ya va señora, estoy muy enojado, ya son las seis y
escribí tres líneas. Estoy escribiendo muchas cosas a la vez, digamos, igual
muy disimiles, por un lado, algo, que vengo trabajando hace un toco, pero que
no tiene, todavía, una salida. Ya se verá. Ya está el agua para el mate, me
cortaron el cable, señora, porque usted, avisó que me colgaba, qué arte, esa la
de buchonear, eh. La alarma sigue sonando, está todo el barrio muy contento,
estoy muy contento. Este disco del indio es bueno, obvio, con otras escalas,
otros matices, y el problema no es del
indio, que, obviamente, tiene que buscar eso. El problema, decía, es de las personas
de a pie que siempre buscan repeticiones, porque, ejem, viven de las repeticiones.
El Indio, señoraaa, es ese muchacho malvado, que no sale en la tele, y tiene
una poesía muy oscura, altamente dulce, de paladar negro, obvio usté, no
entiende, qué va a ser. Se me lavó el mate.
Ahora, paréntesis, abro. Una cosa, política, señora, todavía
no usé mi milagro de hoy. Están bailando todos el temita de la re re re. Y bue,
amague, puro. Igual funciona así. Es complejo el traspaso, la sucesión,
mientras tanto el sol se muere. Es, quizá, una falla en la historia de los
presidencialismos. Digamos, en las arenas políticas, la cosa, sin la
posibilidad de continuidad, bajo la encarnadura del líder, trae una degradación
de la política. Que no tiene nada que ver con los debates y las llorisqueadas
en los estudios de televisión. La cosa se achancha, se pone la corbata,
horriblemente gris, sin sobre todo, nadie
puede levantar la cabeza. Funciona así. Está el gran plebiscito del 2013 –punto
de inflexión para la reforma de la constitución, siguiendo la línea que
implementaron en Bolivia, hacia un estado (con mayúscula) plurinacional, y toda
la pomposidad, que le llevó a Evo, prácticamente, todo su primer mandato, y
también a Correa, una pelea bastante compleja- que daría lugar para la reforma.
Hay que leer, estudiar, quizá, la constitución de 1949, que luego fue derogada
con la revolución libertadora. Es claro que, de no haber reelección (para mí no
va a haber), el futuro presidente ya fue votado en las últimas elecciones.
Claro, la derecha, en parte entendió,
que debe unirse, Moyano quiere hacer su unión democrática, con
cualquiera que pase por ahí, claro, recibido en facultad de los tránsfugas. Alfonsín ya dio
por terminado su puente con Macri. De la Sota, el más potable, y el que se
posiciona a pura represión, coquetea con Macri, pero esa movida es cartón
pintado. Macri es cartón pintado y prácticamente nunca se presente a una
presidencial, porque si no le dan los números no se pone en la cancha.
Es muy buena la estrategia del gobierno nacional. Sigue
marcando agenda, se discute algo, sin saber bien qué. Decía arriba que, el
problemita del traspaso, trae una degradación en la política, y es, justamente,
por esta falta de continuidad. Se consulta todo, hasta para ir a comprar
cigarrillos, y a veces, no te dejan. Funciona así. Y en esa transición, se
empieza a mirar para dónde se va a poner el asado, si del hueso o de la grasa.
Lógica, redistribución, salvar el orto. Hay que llegar con poder al 2015, de
eso se trata la historia. Y ver si se puede poner un delfín. Reelección
La chica más guapa de la ciudad
Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo.
Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había
término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos
no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina
sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba
y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de
hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.
Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo
bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y
espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando
la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass
le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más;
sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban
porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no
las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable
con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen
agallas –decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas
perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..."
Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban
de locura.
Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando
solas a las chicas. Las chicas se fueron con una
pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un
lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las
chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de
cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía
también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la
cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.
Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran
del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron.
Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la
ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.
- ¿Tomas algo?
- Claro, ¿Por qué no?
No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era
sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había
más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad,
pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de
identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se
sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más
bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi
vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.
- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
- Sé, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...
- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que
soy bonita?
- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.
Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de
sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo,
se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las
ventanillas. Sentía repugnancia y horror.
Ella me miró y se echó a reír.
- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?
Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas,
incluido el encargado, habían observado la escena. El
encargado se acercó.
-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos
tus exhibiciones.
- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
- No te preocupes -dije yo.
- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella
- No -dije-, a mí me duele.
- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la
nariz?
- Sí, me duele, de veras.
- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo
Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el
pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a
donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue
entonces cuando pude apreciar que era una persona
que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo,
retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia.
Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo
acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no
ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.
Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.
- Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.
- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.
Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro
resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda
resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la
cama.
- Ven, amor.
Fui.
Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su
cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era
cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella
me miraba a los ojos.
- ¿Cómo te llamas? -pregunté.
- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.
Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al
bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí
hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la
bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.
- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para
tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.
Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.
- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
- Lo sabía.
Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era
siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía
la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.
Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por
borrachera y pelea pagando la fianza.
- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que
pueden echarte mano a las bragas.
- La culpa la tienes tú por aceptar la copa
- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los
hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.
Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví.
No había olvidado a Cass ni un momento, pero
habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de
ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría
ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella
llegó y se sentó a mi lado.
- Vaya, cabrón, has vuelto.
Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello
alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo,
clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las
cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban
clavados.
- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza....
- No, no seas tonto, es la moda.
- Estas chiflada.
- Te he echado de menos -dijo
- ¿Hay otro?
- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez
billetes. Pero para ti es gratis.
- Sácate esos alfileres.
- No, es la moda.
- Me hace muy desgraciado.
- ¿Estás seguro?
- Sí, mierda, estoy seguro.
Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.
- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada.
La belleza no permanece. No sabes la suerte que
tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra
cosa.
- Vale -dije-, tengo mucha suerte.
- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres.
Tienes una cara fascinante.
- Gracias.
Tomamos otra copa.
- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos
extraños. Debe ser un fastidio.
- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso
Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una
mujer hermosa, quizá más que nunca.
Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí,
siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo
escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin
tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos.
Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa.. de
aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el
gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos
pusimos muy calientes y decidimos irnos a la
cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y
lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba
el cuello. Era grande y ancha.
- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy
bonita aún?
La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:
- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren
hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de
destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.
Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí
aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una
bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y
maravilloso.
Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy
tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama
gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.
- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a
disfrutar del banquete!
Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no
era verano, todo estaba espléndidamente desierto.
Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros
sentados en bancos de piedra compartiendo una botella
solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas.
Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos,
discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo
atrás por la angustia y la estupidez de la
supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por
allí y no hablamos muchos. Era agradable
simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y
nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a
Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era
como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa
en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi
coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a
Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo
lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué
una copa y me fui.
Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y
trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba
demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche
me acerqué al West End. Me senté y esperé a
Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el
encargado.
- Siento lo de tu amiga.
- ¿El qué? -pregunté.
- Lo siento. ¿No lo sabías?
- No
- Suicidio, la enterraron ayer
- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta
de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
- La enterraron las hermanas
- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
- Se cortó el cuello.
- Ya. Dame otro trago.
Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco
hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí
conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber
insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel
"NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo
sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado
despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por
qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una
botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la
ciudad muerta a los veinte años.
Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos
escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO
SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".
Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.
Charles Bukowski
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